viernes, 11 de noviembre de 2011

El filósofo y maestro en estudios políticos, el colega Luis Fernando Marín hace dos semanas nos remitió este texto, donde cruzan espadas dos figuras del tablado cultural y político europeo, uno con raíces en Marx manifiestas, y el otro, con cercanía a lo que fue "la peste" de los nuevos filósofos franceses.

Ambos hacen un dúo de violón y viola de gamba sobre le derrumbe europeo, en el marco del capitalismo global. Ambos recuerdan a su modo los diagnósticos de los situacionistas liderados por Guy Debord, y el pensar heterodoxo de gente como Antonio Negri o Michel Onfray. N de la R.

Diálogo Slavoj Zizek - Peter Sloterdijk:

La quiebra de la civilización occidental

Desde la crisis económica y el rol de las religiones hasta el caso Strauss-Kahn, dos de los filósofos más leídos de la actualidad analizan presente y futuro de Occidente. “Hemos acumulado tantas deudas que la promesa de reembolso en la cual se funda la seriedad de nuestra construcción del mundo ya no puede sostenerse”, denuncian.

POR NICOLAS TRUONG

Occidente vive una crisis del porvenir: las nuevas generaciones ya no creen que vivirán mejor que las anteriores. Una crisis de sentido, de orientación y de significación. Occidente sabe más o menos de dónde viene pero le da trabajo saber adónde va. Ciertamente, como decía el poeta francés René Char, “nuestra herencia no es precedida por ningún testamento” y a cada generación le corresponde dibujar su horizonte. Nuestros tormentos, sin embargo, no son infundados. El sentido de lo común se fragmentó. Con el “cada uno en lo suyo”, el sentimiento de pertenencia a un proyecto que trascienda las individualidades se evaporó. El derrumbe del colectivismo –tanto nacionalista como comunista– y del progresismo económico dio lugar al imperio del “yo”. El sentido del “nosotros” se dispersó.

La idea de partición, de bien común y de comunidad parece volar en pedazos. Sin embargo, son muchos todavía los que no desean confiar la idea de comunidad a los comunitarismos que acosan a un planeta desgarrado. Entre ellos se cuentan Peter Sloterdijk y Slavoj Zizek, filósofos europeos, que aceptaron debatir públicamente por primera vez sobre estos temas.

Todo los separa en apariencia. El primero es un seguidor de la filosofía individualista de Nietzsche; el otro, un marxista allegado a los movimientos alternativos. El primero es más bien liberal, el segundo, calificado como radical. Gracias a la fuerza metafórica puesta al servicio de sus audacias teóricas, Peter Sloterdijk (se pronuncia “Sloterdeik”) se dedica a captar la época sobre todo gracias a una morfología general del espacio humano, su famosa trilogía de las “esferas”, que se presenta como un análisis de las condiciones por las cuales el hombre puede volver habitable su mundo.

Aliando a Marx con y la trilogía de ciencia ficción Matrix, haciendo malabarismos entre Hegel y Hitchcock, el pensador esloveno Slavoj Zizek (se pronuncia “Yiyek”) es una figura notoria de la “filosofía pop”, tan severo con el capitalismo global como con cierta franja de la izquierda radical, que articula sin cesar las referencias de la cultura elitista (ópera) y popular (cine) a las grandes deflagraciones planetarias.

Este encuentro inédito está relacionado con la publicación concomitante de dos trabajos destinados a pensar la crisis que atravesamos. Con Vivre la fin des temps (Flammarion), Zizek analiza las diferentes formas de aprehender la crisis del capitalismo. Para él, los cuatro jinetes del Apocalipsis (desastre ecológico, revolución bioenergética, mercantilización desmesurada y tensiones sociales) están, diezmándolo: la negación (la idea de que la miseria o los cataclismos “no pueden pasarme a mí”), el regateo (“que me dejen el tiempo de ver a mis hijos recibidos”), la depresión (“voy a morir, para qué preocuparme por algo”) y la aceptación (“no puedo hacer nada, mejor que me prepare”). Y propone alternativas e iniciativas colectivas para recobrar el sentido de un comunismo despojado de su gregariedad aliado a un cristianismo liberado de su creencia en la divinidad.

Con Tu dois changer ta vie (Libella/Maren Sell), Peter Sloterdijk esboza otras soluciones, más individuales y espirituales. Inspirado por el poema de Rainer Maria Rilke consagrado a un torso antiguo del Louvre, trata de inventar en los ejercicios espirituales de los religiosos un nuevo cuidado de sí mismo, una nueva relación con el mundo. Desde el quebranto del crédito hasta el caso que derivó en la renuncia del director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, un diálogo inédito para cambiar de rumbo. Colectivas o individuales, políticas o espirituales, las ideas-fuerza de dos pensadores iconoclastas para evitar los callejones sin salida de la globalización.

Por primera vez desde 1945, la idea de porvenir está en crisis en Europa. Y a Occidente le cuesta creer en el progreso, como lo muestran estas nuevas generaciones que ya no imaginan que vivirán mejor que sus mayores. Desafección política, crisis económica o crispación identitaria: ¿podemos hablar, para ustedes, de una crisis de civilización?

Peter Sloterdijk: ¿Qué queremos decir cuando empleamos el término “civilización occidental”, en la cual vivimos desde el siglo XVII? En mi opinión, hablamos de una forma de mundo creada en base a la idea de una salida de la era del apego al pasado. La primacía del pasado se rompió: la humanidad occidental inventó una forma de vida inaudita fundada en la anticipación del porvenir. Esto significa que vivimos en un mundo que se “futuriza” cada vez más. Creo, por ende, que el sentido profundo de nuestro “ser en el mundo” reside en el futurismo, que es el rasgo fundamental de nuestra forma de existir.

La primacía del porvenir data de la época en que Occidente inventó este nuevo arte de hacer promesas, a partir del Renacimiento, cuando el crédito ingresó en las vidas de los europeos. Durante la Antigüedad y la Edad Media el crédito no desempeñaba prácticamente ningún papel porque estaba en manos de los usureros, condenados por la Iglesia. El crédito moderno, en cambio, abre un porvenir. Por primera vez, las promesas de reembolsos pueden ser cumplidas o mantenidas. La crisis de civilización radica en lo siguiente: entramos en una época en la cual la capacidad del crédito de inaugurar un porvenir sostenible está cada vez más bloqueada porque hoy se toman créditos para reembolsar otros créditos. En otras palabras, el “creditismo” ingresó en una crisis final. Hemos acumulado tantas deudas que la promesa del reembolso en la cual se funda la seriedad de nuestra construcción del mundo ya no puede sostenerse. Pregúntenle a un estadounidense cómo imagina el pago de las deudas acumuladas por el gobierno federal. Su respuesta seguramente será: “Nadie lo sabe” y creo que ese no saber es el núcleo duro de nuestra crisis. Nadie en esta Tierra sabe cómo pagar la deuda colectiva. El porvenir de nuestra civilización choca contra un muro de deudas.

Zlavoj Zizek: adhiero totalmente a esa idea de una crisis del “futurismo” y de la lógica de crédito. Pero tomemos la crisis económica llamada de las subprimes de 2008. Todo el mundo sabe que es imposible pagar créditos hipotecarios, pero cada uno se comporta como si fuera capaz de hacerlo. Yo a eso lo llamo en mi jerga psicoanalítica, una denegación fetichista: “Sé perfectamente que es imposible, pero de todos modos voy a tratar...” Sabemos muy bien que no podemos hacerlo, pero actuamos en la práctica como si pudiéramos hacerlo. Sin embargo, emplearía el término “futuro” para designar lo que Peter Sloterdijk llama el “creditismo”. El término “porvenir”, por otra parte, me parece más abierto. La fórmula no future es pesimista pero la palabra “porvenir” es más optimista. Y aquí no estoy tratando de dar un nuevo impulso al comunismo de Marx que está emparentado, efectivamente con un creditismo desmesurado. Para caracterizar nuestra situación, económica y política, ideológica y espiritual, no puedo dejar de recordar una historia probablemente apócrifa. Se trata de un intercambio de telegramas entre los estados mayores alemán y austríaco durante la Gran Guerra. Los alemanes habían enviado un telegrama a los austríacos diciéndoles: “Aquí, la situación en el frente es seria pero no catastrófica” y los austríacos respondieron: “Aquí, la situación es catastrófica pero no seria”. Y eso es lo catastrófico: no podemos pagar las deudas pero, en cierta forma, no lo tomamos en serio. Además de ese muro de deudas, la época actual se acerca a una suerte de “grado cero”. En primer lugar, la enorme crisis ecológica nos impone no continuar en esta vía político-económica. Segundo, el capitalismo, como sucede en China, ya no está naturalmente asociado a la democracia parlamentaria. Tercero, la revolución biogenética nos impone inventar otra biopolítica. En cuanto a las divisiones sociales mundiales, crean las condiciones de explotaciones y alzamientos populares sin precedente. La idea de lo colectivo también se ve afectada por la crisis.

¿Cómo volver a dar sentido a lo “común” en la hora del individualismo desenfrenado?

S.Z.: Aunque debemos rechazar el comunitarismo ingenuo, la homogeneización de las culturas, igual que ese multiculturalismo en que se ha convertido la ideología del nuevo espíritu del capitalismo, debemos hacer dialogar las civilizaciones y los individuos singulares. A nivel de los particulares, hace falta una nueva lógica de la discreción, de la distancia, de la ignorancia incluso. En la medida en que la promiscuidad se ha vuelto total, es una necesidad vital, un punto crucial.

A nivel colectivo, es necesario, efectivamente inventar otra forma de articular lo común. Ahora bien, el multiculturalismo es una falsa respuesta al problema, por un lado porque es una suerte de racismo denegado, que respeta la identidad del otro pero lo encierra en su particularismo. Es una suerte de neocolonialismo que, a la inversa del colonialismo clásico, “respeta” las comunidades, pero desde el punto de vista de su postura de universalidad. Por otra parte, la tolerancia multicultural es una engañifa que despolitiza el debate público, remitiendo las cuestiones sociales a las cuestiones raciales, las cuestiones económicas a las consideraciones étnicas. Hay también mucho angelismo en esta postura de la izquierda posmoderna. Es así como el budismo puede servir para legitimar un militarismo extremo: en los años 1930-1940, el establecimiento del budismo zen no sólo apoyó la dominación del imperialismo japonés sino que incluso lo legitimó. Utilizo deliberadamente el término “comunismo”, pues mis problemas en realidad son los bienes “comunes” como la biogenética y la ecología.

P.S.: Es necesario encontrar la verdadera problemática de nuestra era. El recuerdo del comunismo y de esa gran experiencia trágica de la política del siglo XX nos recuerda que no hay una solución ideológica dogmática y automática. El problema del siglo XXI es la coexistencia en el seno de una “humanidad” convertida en una realidad, físicamente. Ya no se trata del “universalismo” abstracto de la Ilustración, sino de la universalidad real de un colectivo monstruoso que comienza a ser una comunidad de circulación real con probabilidades de encuentros permanentes y probabilidades ampliadas de colisiones.

Nos hemos convertido como partículas en un gas, bajo presión. La cuestión es de aquí en más el vínculo social dentro de una sociedad demasiado grande; y creo que la herencia de las presuntas religiones es importante, porque son las primeras tentativas de síntesis meta-nacionales y meta-étnicas. La sangha budista era una nave espacial donde todos los desertores de todas las etnias podían refugiarse. Del mismo modo, podríamos describir la cristiandad, suerte de síntesis social que trasciende la dinámica de las etnias cerradas y las divisiones de las sociedades de clases. El diálogo de las religiones en nuestra época no es otro que el reformateo del problema del “comunismo”. La reunión que tuvo lugar en Chicago en 1900, el congreso de las religiones mundiales, fue una forma de plantear la cuestión de nuestra actualidad a través de esos fragmentos, esos representantes de cualquier procedencia, los miembros de la familia humana que se habían perdido de vista después del éxodo africano... En la era de la concentración, hay que plantear y reformatear todo lo que se pensó hasta ahora sobre el vínculo de coexistencia de una humanidad desbordante. Por eso empleo el término “co-inmunismo”. Todas las asociaciones sociales de la historia son, efectivamente, estructuras de co-inmunidad. La elección de este concepto recuerda la herencia comunista. En mi análisis, el comunismo se remonta a Rousseau y a su idea de “religión del hombre”. Es un concepto inmanente, es un comunitarismo a escala global. Es imposible escapar a la nueva situación mundial. En mi libro, la diosa o entidad divina que aparece en las últimas páginas, es la crisis: es la única instancia que posee suficiente autoridad como para impulsarnos a cambiar nuestra vida. Nuestro punto de partida es una evidencia aplastante: no podemos continuar así.

S.Z.: Mi idea no consiste tanto en buscar un “co-inmunismo” como en revitalizar la idea de un verdadero comunismo. Pero, tranquilícense, se trata más del de Kafka que el de Stalin, más el de Erik Satie que el de Lenin. Efectivamente, en su último relato Joséphine la cantante o el pueblo de las ratas, traza la utopía de una sociedad igualitaria, un mundo con artistas, como esta cantante Joséphine, cuyo canto reúne, subyuga y deja pasmadas a las multitudes, y que es celebrada sin por ello obtener ventajas materiales.

Una sociedad de reconocimiento que mantiene lo ritual, revitaliza las fiestas de la comunidad, pero sin jerarquía ni gregariedad. Idem para Erik Satie. Sin embargo, todo parece alejar de la política al famoso autor de las Gymnopédies. El mismo declaraba componer una “música de amueblamiento”, una música ambiental o de fondo. Y no obstante fue miembro del Partido Comunista. De todos modos, lejos de escribir cantos de propaganda, él daba a escuchar una suerte de intimidad colectiva, justo lo opuesto a la música de ascensor. Y es esa mi idea del comunismo.

Para salir de la crisis, usted, Sloterdijk, opta por la reactivación de los ejercicios espirituales individuales, en tanto que usted, Zizek, insiste en las movilizaciones políticas colectivas y en la reactivación de la fuerza emancipadora del cristianismo. ¿Por qué tales divergencias?

P.S.: Yo propongo introducir el pragmatismo en el estudio de las presuntas religiones: esa dimensión pragmática obliga a mirar más de cerca qué hacen los religiosos, a conocer las prácticas interiores y exteriores, que se pueden describir como ejercicios que forman una estructura de personalidad. Lo que yo llamo el sujeto principal de la filosofía y la psicología es el portador de las series de ejercicios que componen la personalidad. Y algunas de las series de ejercicios que constituyen la personalidad pueden describirse como religiosas.

¿Pero qué significa esto? Se hacen ejercicios mentales para comunicarse con un partenaire invisible, son cosas absolutamente concretas que es posible describir, no hay nada de misterioso en eso. Creo que hasta nueva orden, el término “sistema de ejercicios” es mil veces más operativo que el término “religión” que remite a la santurronería estatal de los romanos. No debemos olvidar que la utilización de los términos “religión” “piedad” o “fidelidad” estaba reservada en tiempos de los romanos a los epítetos que llevaban las legiones romanas estacionadas en el valle del Rin y en todas partes. El privilegio más elevado de una legión era portar los epítetos pia fedelis, porque eso expresaba una lealtad particular al emperador en Roma. Creo que los europeos simplemente olvidaron lo que quiere decir religio. La palabra significa literalmente “diligencia”. Cicerón dio la etimología correcta: leer, legere, religere, es decir, estudiar atentamente el protocolo para organizar la comunicación con los seres superiores. Es, por ende, una suerte de diligencia o en mi terminología, un código de entrenamiento. Por esa razón creo que “la vuelta de lo religioso” sólo sería eficaz si pudiera llevar a prácticas de ejercicios intensificados. Por el contrario, nuestros “nuevos religiosos” no son, la mayoría de las veces, más que soñadores perezosos. Pero en el siglo XX, el deporte se impuso en la civilización occidental. No volvió la religión, reapareció el deporte, después de haber sido olvidado durante casi 1.500 años. No fue el fideísmo sino el atletismo el que ocupó el primer plano. Pierre de Coubertin quiso crear una religión del músculo en los primeros años del siglo XX. Fracasó como fundador de una religión, pero triunfó como creador de un nuevo sistema de ejercicios.

S.Z.: Considerar la religión como un conjunto de prácticas corporales ya existía en las vanguardias rusas. El realizador soviético Serguei Eisenstein (1898-1948) escribió un texto muy bello sobre el jesuita Ignacio de Loyola (1491-1556) como alguien que sistematizó algunos ejercicios espirituales. Mi tesis sobre la vuelta al cristianismo es muy paradójica: creo que solamente a través del cristianismo uno puede sentirse verdaderamente ateo.

Si consideramos los grandes ateísmos del siglo XX, se trata en realidad de una lógica totalmente distinta, la de un “creditismo” teológico. El físico danés Niels Bohr (1885-1962) uno de los fundadores de la física cuántica, recibió la visita de un amigo en su dacha. Este sin embargo se resistía a pasar la puerta de su casa por una herradura que estaba clavada –una superstición para impedir que entraran los malos espíritus. Y el amigo le dijo a Bohr: “Eres un científico de primer nivel, ¿cómo puedes creer en esas supersticiones populares?” “¡No las creo!” respondió Niels Bohr. “¿Pero entonces por qué dejas esa herradura?”, insistió el amigo. Y Niels Bohr tuvo esta respuesta excelente: “Alguien me dijo que da resultado aunque uno no crea”. Sería una imagen bastante buena de nuestra ideología actual. Creo que la muerte de Cristo en la cruz significa la muerte de Dios y que ya no es más el Gran Otro que mueve los hilos. La única forma de ser creyente, después de la muerte de Cristo, es participar en vínculos colectivos igualitarios. El cristianismo puede ser entendido como una religión de acompañamiento del orden de lo existente o una religión que dice “no” y ayuda a resistir. Creo que el cristianismo y el marxismo deben combatir juntos la marejada de nuevas espiritualidades así como la gregariedad capitalista. Yo defiendo una religión sin Dios, un comunismo sin amo.

El momento histórico que atravesamos parece estar signado por la ira. Una indignación que culmina en la consigna “¡Fuera!” de las revoluciones árabes o las protestas democráticas españolas. Ahora bien, según Zizek, usted Sloterdijk es demasiado severo con los movimientos sociales que a su criterio provienen del resentimiento.

P.S.: Hay que distinguir la ira del resentimiento. Hay toda una gama de emociones que pertenecen al régimen del thymos, o sea, al régimen del orgullo. Existe una suerte de orgullo primordial, irreductible, que está en lo más profundo de nuestro ser. En esa gama del thymos se expresa la jovialidad, contemplación benévola de todo lo que existe. Aquí, el campo psíquico no conoce trastorno. Si bajamos en la escala de los valores, es el orgullo de sí mismo.

Bajamos un poco más y es la vejación de ese orgullo lo que provoca la ira. Si la ira no puede expresarse, está condenada a esperar para expresarse más tarde y en otra parte, eso lleva al resentimiento, y así hasta el odio destructivo que quiere aniquilar el objeto del cual salió la humillación. No olvidemos que la buena ira, según Aristóteles, es el sentimiento que acompaña al deseo de justicia. Una justicia que no conoce la ira es una veleidad impotente. Las corrientes socialistas del siglo XIX y XX crearon puntos de recolección de la ira colectiva, algo justo e importante. Pero demasiados individuos y demasiadas organizaciones de la izquierda tradicional se deslizaron hacia el resentimiento. De ahí la urgencia de pensar e imaginar una nueva izquierda más allá del resentimiento.

S.Z.: Lo que satisface a la conciencia en el resentimiento es más perjudicar al otro y destruir el obstáculo que beneficiarme yo mismo. Nosotros los eslovenos somos así por naturaleza. Conocerán la leyenda en la que a un campesino se le aparece un ángel y le pregunta: “¿Quieres que te dé una vaca? ¡Pero cuidado, también le daré dos vacas a tu vecino!” Y el campesino esloveno dice: “¡Por supuesto que no!” Pero para mí, el resentimiento, no es nunca la actitud de los pobres. Más bien la actitud del pobre amo, como Nietzsche lo analizó tan bien. Es la moral de los “esclavos”.

Sólo que se equivocó un poco desde el punto de vista social: no es el verdadero esclavo, es el esclavo que, como el Fígaro de Beaumarchais, quiere reemplazar al amo. En el capitalismo, creo que hay una combinación muy específica entre el aspecto timótico y el aspecto erótico. Es decir, que el erotismo capitalista es mediatizado en relación a un mal timotismo, que engendra el resentimiento. Estoy de acuerdo con Sloterdijk: en el fondo, lo más complicado es cómo pensar el acto de dar, más allá del intercambio, más allá del resentimiento. No creo realmente en la eficacia de esos ejercicios espirituales que propone Sloterdijk. Soy demasiado pesimista para eso. A esas prácticas auto-disciplinarias, como en los deportistas, yo quiero agregar la heterotopía social. Por eso escribí el capítulo final de Vivre la fin des temps, donde vislumbro un espacio utópico comunista, refiriéndome a las obras que dan a ver y oír lo que podríamos llamar una intimidad colectiva. Me inspiro también en esas películas de ciencia ficción utópicas, donde hay héroes errantes y tipos neuróticos rechazados que forman verdaderas colectividades. Los recorridos individuales también pueden guiarnos. Suele olvidarse que Victor Kravtchenko (1905-1966), el dignatario soviético que denunció muy temprano los horrores del estalinismo en J’ai choisi la liberté y que fue ignominiosamente atacado por los intelectuales pro-soviéticos, escribió una continuación, J’ai choisi la justice, mientras luchaba en Bolivia y organizaba un sistema de producción agraria más equitativo. Hay que alentar a los Kravtchenko que emergen en todas partes, desde América del Sur hasta las orillas del Mediterráneo.

P.S.: Considero que usted es víctima de la evolución psico-política de los países del Este. En Rusia, por ejemplo, cada uno carga sobre sus hombros con un siglo entero de catástrofe política y personal. Los pueblos del Este expresan esa tragedia del comunismo y no salen de ella. Todo eso forma una especie de vínculo de desesperación autógena. Yo soy pesimista por naturaleza, pero la vida refutó mi pesimismo original. Soy, por así decirlo, un aprendiz de optimista. Y en eso pienso que estamos bastante cerca uno del otro porque en cierto sentido recorrimos biografías paralelas desde puntos de partida radicalmente diferentes, leyendo los mismos libros.

El caso Dominique Strauss-Kahn: ¿es un simple caso de moralidad o un síntoma de un malestar más importante?

P.S.: Se trata de un caso planetario que supera el hecho policial. Dominique Strauss-Kahn tal vez sea inocente. Pero esa historia revela que el poder exorbitante que ostenta un individuo puede crear una suerte de religión de los poderosos que yo calificaría de panteísmo sexual. Creíamos haber terminado con los reyes sol. Pero, curiosamente, el siglo XXI multiplica por diez mil a esos hombres de poder que piensan que todos los objetos de su deseo pueden ser penetrados por su irradiación.

S.Z.: El único aspecto interesante del caso DSK es el rumor que circuló de que sus amigos se habrían acercado a la familia de la supuesta víctima en Guinea para ofrecerle una suma exorbitante de dinero si Nafissatou Diallo retiraba su denuncia. Si eso es verdad, ¡qué dilema! ¿Qué elegir, la dignidad o el dinero que puede salvar la vida de una familia, dándole la posibilidad de vivir en la prosperidad? Eso es lo que resumiría la verdadera perversión moral de nuestro tiempo.

(c) Le Monde, 2011.

Traduccion de Cristina Sardoy.

31-08-2011

Ladrones del mundo, uníos

Slavoj Zizek

London Review of Books

Traducción por S. Seguí

La repetición, según Hegel, tiene un papel crucial en la Historia: cuando algo sucede sólo una vez, puede ser descartado como un accidente, algo que podría haberse evitado si la situación se hubiera manejado de manera diferente; pero cuando el mismo evento se repite, se trata de una señal de que un proceso histórico más profundo se está desarrollando. Cuando Napoleón fue derrotado en Leipzig en 1813, pareció una cuestión de mala suerte; pero cuando perdió de nuevo en Waterloo, estaba claro que su tiempo había pasado. Lo mismo vale para la persistente crisis financiera. En septiembre de 2008, algunos la presentaron como una anomalía que podría corregirse mediante una mejor reglamentación, etc., pero ahora que los signos de una crisis financiera se repiten está claro que se trata de un fenómeno estructural.

Se nos dice una y otra vez que estamos viviendo una crisis de la deuda, y que todos tenemos que compartir la carga y apretarnos el cinturón. Todos, es decir, excepto los (muy) ricos. La idea de gravarlos más es tabú: si lo hiciéramos, nos dicen, los ricos no tendrían ningún incentivo para invertir, se crearían menos puestos de trabajo y todos sufriríamos. La única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?

A pesar de que los disturbios en el Reino Unido los desencadenó el sospechoso incidente del tiroteo a Mark Duggan, todos coinciden en que expresan una inquietud más profunda. Pero, ¿de qué tipo? Al igual que en la quema de automóviles en las banlieues de París en 2005, los amotinados del Reino Unido no tienen ningún mensaje que transmitir. (Un claro contraste con las manifestaciones masivas estudiantiles de noviembre de 2010, que también fueron violentas. Los estudiantes dejaron claro que rechazaban las reformas de la educación superior que se proponían). Por esta razón, es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en términos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto revolucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de «chusma», es decir, los que están fuera del espacio social organizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos “irracionales” de violencia destructiva, lo que Hegel llamó “negatividad abstracta”.

Hay un viejo cuento sobre un trabajador sospechoso de robo: todas las noches, al salir de la fábrica, inspeccionaban cuidadosamente la carretilla que empujaba. Los guardias no encontraban nada, siempre estaba vacía. Por último, cayeron en la cuenta: lo que el trabajador estaba robando eran las propias carretillas. Los guardias obviaban la verdad evidente, del mismo modo que han hecho los comentaristas de los disturbios. Se nos ha dicho que la desintegración de los regímenes comunistas, en la década de 1990, marcó el fin de las ideologías: el tiempo de los grandes proyectos ideológicos que culminaron en catástrofes totalitarias había terminado, y habríamos entrado en una nueva era de políticas racionales y pragmáticas. Si el tópico de que vivimos en una era posideológica es cierto en algún sentido, ello es visible en este reciente brote de violencia. Ha sido una protesta de grado cero, una acción violenta sin ninguna exigencia. En su intento desesperado de encontrar significado en los disturbios, los sociólogos y editorialistas han ofuscado el enigma que presentan los disturbios.

Los manifestantes, aunque socialmente desfavorecidos y excluidos de facto, no vivían al borde de la inanición. Personas en mucha peor situación material, para no hablar de situaciones de opresión física e ideológica, han sido capaces de organizarse en fuerza política dotada de programas claros. El hecho de que los alborotadores no tengan programa es pues en sí mismo un dato que exige interpretación y que nos dice mucho acerca de nuestra situación política-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out. La oposición al sistema ya no puede articularse en forma de una alternativa realista, o siquiera como un proyecto utópico, sino que sólo puede tomar la forma de un arrebato sin sentido. ¿Qué sentido tiene celebrar nuestra libertad de elección cuando la única opción está entre la aceptación de las reglas del juego y la violencia (auto)destructiva?

Alain Badiou sostiene que vivimos en un espacio social que se experimenta cada vez más como “sin mundo”: en este espacio, la única forma que puede tomar la protesta es la violencia sin sentido. Tal vez es éste uno de los principales peligros del capitalismo: aunque en virtud de su ser global abarca el mundo entero, sostiene una constelación ideológica “sin mundo” en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados. La lección fundamental de la globalización es que el capitalismo puede acomodarse a todas las civilizaciones, de la cristiana a la hindú o budista, del Este al Oeste: no hay una visión capitalista global, ni una civilización capitalista en sentido estricto. La dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido.

La primera conclusión que puede extraerse de los disturbios, por lo tanto, es que tanto las reacciones conservadoras como las liberales ante el descontento no son suficientes. La reacción conservadora ha sido predecible: no hay justificación para este tipo de vandalismo, es preciso usar todos los medios necesarios para restaurar el orden, para evitar más explosiones de este tipo no hace falta más tolerancia y ayuda social sino disciplina, trabajo duro y sentido de la responsabilidad. Lo malo de este relato no es sólo que hace caso omiso de la desesperada situación social que empuja a los jóvenes a estallidos de violencia, sino, tal vez más importante, que no tiene en cuenta la forma en que estos arrebatos se hacen eco de las premisas ocultas de la misma ideología conservadora. Cuando en la década de 1990, los conservadores lanzaron su campaña de “vuelta a lo básico”, su complemento obsceno fue revelado por Norman Tebbitt: “El hombre no es sólo un ser social, sino también un animal territorial; debemos incluir en nuestros programas la satisfacción de estos instintos básicos tribalistas y territoriales.”

Esto es lo que la ideología de “vuelta a lo básico” fue, realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad aparentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus “instintos básicos”. En la década de 1960, Herbert Marcuse introdujo el concepto de “desublimación represiva” para explicar la llamada revolución sexual: era posible desublimar los impulsos, darles rienda suelta y mantenerlos sujetos al mecanismo capitalista de control, a saber, la industria del porno. En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la “bestia” producto de la ideología capitalista.

Mientras tanto, los progresistas de izquierda, igualmente predecibles, pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los inmigrantes de segunda y tercera generación de sus perspectivas económicas y sociales: los brotes de violencia son el único modo que tienen que articular su descontento. En lugar de caer nosotros mismos en fantasías de venganza, debemos hacer un esfuerzo para comprender las causas profundas de los estallidos. ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado ​​por ésta, no sólo desempleado sino también no empleable, sin esperanza de un futuro? La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevitable que salgan a la calle. El problema de este relato, sin embargo, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios. La revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, declarar de manera implícita cómo uno se relaciona con una sus propias condiciones objetivas.

Vivimos en una época cínica y es fácil imaginar a un manifestante que, atrapado saqueando y quemando una tienda, si se le presiona para que exponga sus razones, responda con el lenguaje utilizado por los trabajadores sociales y los sociólogos, citando cuestiones como escasa movilidad social, inseguridad creciente, desintegración de la autoridad paterna o falta de amor maternal en su más tierna infancia. Él sabe lo que está haciendo, pero no obstante lo hace.

No tiene sentido reflexionar sobre cuál de estas dos reacciones, la conservadora o la progresista, es la peor: como habría dicho Stalin, las dos son peores, y eso incluye la advertencia dada por las dos partes de que el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la “mayoría silenciosa”. Una de las formas de esta reacción fue la actividad “tribal” de los vecinos locales (turco, caribeño, sikh) que rápidamente se organizaron en unidades de vigilancia para proteger su propiedad. ¿Son los comerciantes una pequeña burguesía dispuesta a defender su propiedad contra una protesta genuina, aunque violenta, contra el sistema, o son representantes de la clase obrera en lucha contra las fuerzas de desintegración social? Aquí también deberíamos rechazar la exigencia de tomar partido. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquéllos cuya apuesta es la más alta posible.

Zygmunt Bauman ha caracterizado los disturbios como acciones de “consumidores defectuosos y descalificados”: más que nada, una manifestación de un deseo consumista violentamente escenificado, incapaz de realizarse del modo adecuado: por la compra. Como tal, también contiene un momento de genuina protesta, en forma de una irónica respuesta a la ideología consumista: “¡Nos invitan a consumir, a la vez que nos privan de los medios para hacerlo adecuadamente; así que lo estamos haciendo de la única manera que podemos!" Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada “sociedad posideológica”. Desde un punto de vista revolucionario, el problema de los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante.

Los disturbios deberían enmarcarse en relación con otro tipo de violencia que la mayoría progresista actual percibe como una amenaza a nuestra forma de la vida: los ataques terroristas y los atentados suicidas. En ambos casos, violencia y contraviolencia se encuentran atrapadas en un círculo vicioso, cada una de ellas generando las fuerzas que trata de combatir. En ambos casos, estamos hablando de ciegos passages à l'acte, en los que la violencia es un reconocimiento implícito de impotencia. Lo distinto es que, a diferencia de los disturbios del Reino Unido o de París, los ataques terroristas se llevan a cabo al servicio del Significado Absoluto que proporciona la religión.

¿Pero no fueron los levantamientos árabes un acto colectivo de resistencia que evitó la falsa alternativa de violencia autodestructiva y fundamentalismo religioso? Lamentablemente, el verano egipcio de 2011 será recordado como el fin de la revolución, el momento en que su potencial emancipador fue sofocado. Sus sepultureros han sido el ejército y los islamistas.

Los contornos del pacto entre el ejército (que sigue siendo el ejército de Mubarak) y los islamistas (que fueron marginados en los primeros meses del levantamiento, pero que están ganando terreno) son cada vez más claros: los islamistas tolerarán los privilegios materiales del ejército y a cambio proporcionarán la hegemonía ideológica. Los perdedores serán los progresistas pro occidentales, demasiado débiles –a pesar de los fondos de la CIA que reciben– para “promover la democracia”, así como los verdaderos agentes de los acontecimientos de la primavera, la izquierda laica emergente que ha tratado incesantemente de crear una red de organizaciones de la sociedad civil, de los sindicatos a las feministas. Antes o después, la situación económica, que empeora rápidamente, sacará a los pobres, en gran parte ausentes de las protestas de la primavera, a las calles. Es probable que haya una nueva explosión, que plantee la difícil pregunta de quiénes son los sujetos políticos de Egipto capaces de canalizar la rabia de los pobres. ¿Quién va a traducirla a un programa político: la nueva izquierda laica o los islamistas?

La reacción predominante de la opinión pública occidental ante el pacto entre los islamistas y el ejército será sin duda una exhibición triunfal de sabiduría cínica: se nos dirá que, como quedó claro en el caso de Irán (país no árabe), los levantamientos populares en los países árabes siempre terminan en un islamismo militante. Y Mubarak aparecerá como si hubiera sido un mal muy menor: mejor seguir con el diablo conocido que enredar con la emancipación. Contra tal cinismo, uno debería permanecer incondicionalmente fiel a la esencia radical-emancipatoria del levantamiento egipcio.

Pero también es preciso evitar la tentación del narcisismo de la causa perdida: es muy fácil admirar la belleza sublime de los levantamientos condenados al fracaso. La izquierda de hoy se enfrenta al problema de la “negación determinada”: ¿qué nuevo orden deberá sustituir al antiguo después del levantamiento, cuando el sublime entusiasmo del primer momento se haya acabado?

En este contexto, el manifiesto de los indignados (1) españoles, emitido después de las manifestaciones de mayo, es revelador. Lo primero que salta a la vista es el tono deliberadamente apolítico: “Algunos de nosotros nos consideramos progresistas, otros conservadores. Algunos de nosotros somos creyentes, otros no. Algunos de nosotros tenemos ideologías claramente definidas, los demás son apolíticos, pero todos estamos preocupados e indignados por las perspectivas políticas, económicas y sociales que vemos a nuestro alrededor: la corrupción de políticos, empresarios y banqueros, que nos deja indefensos, sin voz.”

Protestan en nombre de las verdades inalienables que deberían regir nuestra sociedad: “el derecho a la vivienda, el empleo, la cultura, la salud, la educación, la participación política, el desarrollo libre y personal y los derechos del consumidor, para una vida sana y feliz.” En su rechazo de la violencia, instan a una “evolución ética”. “En lugar de colocar el dinero por encima de los seres humanos, lo pondremos de nuevo a nuestro servicio. Somos personas, no productos. Yo no soy un producto de lo que compro, de por qué lo compro y a quién se lo compro.”

¿Quiénes serán los agentes de esta revolución? Los indignados descartan a toda la clase política, derecha e izquierda, como corrupta y poseída por el ansia de poder, sin embargo, el manifiesto consiste en una serie de demandas… ¿dirigidas a quién? No a la propia gente: los indignados (todavía) no afirman que nadie más lo hará en su lugar, que ellos mismos tienen que ser el cambio que quieren ver. Y ésta es la fatal debilidad de las recientes protestas: expresan una auténtica rabia incapaz de transformarse en un programa positivo de cambio sociopolítico. Expresan el espíritu de revuelta sin revolución.

La situación en Grecia parece más prometedora, probablemente debido a la tradición reciente de autoorganización progresista (que desapareció en España después de la caída del régimen de Franco). Pero también en Grecia el movimiento de protesta muestra los límites de la autoorganización: los manifestantes mantienen un espacio de libertad igualitaria, sin autoridad central que lo regule, un espacio público donde a todos se les asigna el mismo tiempo de intervención, y así sucesivamente. Cuando los manifestantes comenzaron a debatir qué hacer a continuación, cómo ir más allá de la mera protesta, el consenso de la mayoría fue que lo que se necesitaba no era un nuevo partido o un intento directo de tomar el poder estatal, sino un movimiento cuyo objetivo sea ejercer presión sobre los partidos políticos. Esto claramente no es suficiente para imponer una reorganización de la vida social. Para conseguirlo se necesita un organismo fuerte, capaz de tomar decisiones rápidas y ponerlas en práctica con todo el rigor necesario.

uente: http://www.lrb.co.uk/2011/08/19/slavoj-zizek/shoplifters-of-the-world-unite

Slavoj Zizek básico

Eslovenia, 1949. Filósofo

Etiquetado como: Slavoj Zizek Este filósofo, conocedor tanto del idealismo alemán como de la obra de Jacques Lacan, es doctor en psicoanálisis. Su trabajo sobre el cine, sismógrafo de las grandes tendencias y convulsiones que sacuden la sociedad, se inscribe en la línea de los estudios culturales fundados por el pensador marxista estadounidense Fredric Jameson. Un pensamiento marxista al que este ex candidato del partido esloveno Democracia Liberal en 1991 siguió ligado a pesar de la desaparición del bloque del Este. Se declaró próximo al filósofo francés Alain Badiou cuando este último fue atacado. Autor prolífico, escribe regularmente tribunas en la prensa internacional sobre geopolítica. Entre sus libros, se destacan “Mirando al sesgo”, “Sobre la violencia”, “Cómo leer a Lacan”, “El títere y el enano”, “Porque no saben lo que hacen”, “Amor sin piedad” o el reciente “Vivre la fin des temps” (Flammarion).

Peter Sloterdijk básico

Alemania, 1947. Filósofo

Etiquetado como: Peter Sloterdijk Profesor de filosofía y estética Sloterdijk, es actualmente rector de la universidad de Karlsruhe y enseña también en Bellas Artes de Viena. Desde su “Crítica de la razón cínica” (1987), viene mezclando sin cesar reflexiones metafísicas (“Ensayo de intoxicación voluntaria”, 2001) con ensayos políticos (“Théories des après-guerres. Remarques sur les relations franco-allemandes después 1945”, 2008). Algunos trabajos como “Normas para el parque humano” (2000) desataron fuertes polémicas en Alemania. Su voluminosa producción aborda numerosos temas, entre otros, “Ira y tiempo” (2007), un “análisis psico-político” de las luchas contemporáneas. También es autor de una serie de obras consagradas a una reflexión a fondo sobre el rol de la forma redonda en filosofía y sobre las representaciones que la acompañan (la última de ellas es “Globes Sphères II”, Libella, 2010). De su extensa obra pueden destacarse “El pensador en escena”, “Eurotaoísmo” y Extrañamiento del mundo (Premio Ernst Robert Curtius 1993). Acaba de publicar, “Tu dois changer ta vie” (Libella/Maren Sell, 2011).

domingo, 6 de noviembre de 2011

Ricardo Bonilla, unexmilitante de la URS, hace 40 años, cuando estudiaba economía en la Nacho, ahora es uno de los integrantes del think tank que ayudará a Petro en equivocarse menos en el rumbo que darán a Bogotá, si en efecto, ellos no representan tan solo un entusiasmo democrático, sino una real vocación de participación con decisión de parte de las multitudes, de las cuales se reclama el movimiento Progresistas. N de la R.

Habla Ricardo Bonilla

Sobre por qué Colombia

es el tercer país más desigual del mundo

Impuestos son la clave

para que exista equidad

EL TIEMPO / PORTAFOLIO

Noviembre 6 de 2011



var fbShare = { title: 'Impuestos son la clave para que exista equidad ', url: 'http://www.portafolio.co/economia/impuestos-son-la-clave-que-exista-equidad', size: 'large' } Ricardo Bonilla es economista, con Maestría en comercio de la Universidad de Rennes (Francia).

Ricardo Bonilla es economista, con Maestría en comercio de la Universidad de Rennes (Francia).

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Ricardo Bonilla explica por qué el país, pese a haber avanzado, es tercero con mayor desigualdad.

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Que el desempleo haya llegado a un dígito, que la esperanza de vida haya crecido en 30 años en el último medio siglo y que varios índices que miden la calidad de vida digan que el país marcha muy bien, no significa que seamos un país equitativo.

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Así lo explica Ricardo Bonilla, del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de la Universidad Nacional, CID, que habló con EL TIEMPO, a propósito del más reciente informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, que ubica a Colombia como el tercer país más desigual, entre 129 estudiados, y solo por debajo de Haití y Angola.

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¿Qué explica que un país en franco ascenso económico aparezca tan mal ubicado?

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Porque el indicador de desigualdad tiene sus trampas, un país muy igualitario es Cuba, pero usted ve que, aunque igualitario, allí hay muchas penurias. Una cosa no quita la otra. Colombia tiene unos ingresos más altos pero no ha hecho la tarea en el tema de la desigualdad.

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¿Qué tan grande es la brecha?

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El 10 por ciento más rico de los colombianos, 4,6 millones, posee el 45 por ciento de la riqueza. Si le sumamos a los segundos más ricos, en total 9 millones, ambos concentran el 61 por ciento de la riqueza. Y esto quiere decir que los 37 millones de colombianos restantes solo tienen acceso al 39 por ciento de la riqueza.

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¿Y no incide que hoy haya menos desempleo?

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Mire, en 1994 había 14 millones de trabajadores, 8 millones asalariados y 4 millones independientes, el resto patronos, servicio doméstico y familiares. Hoy hay 20 millones, pero 6 millones son asalariados y 9 millones independientes, en estos últimos están las cooperativas de trabajo, los emprendedores que buscan sobrevivir, y esto no es empleo de calidad.

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¿Qué factores inciden más en la desigualdad?

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Son cuatro principales: la mala distribución de la tierra, hay 3 millones de familias campesinas con solo 5 millones de hectáreas y al otro extremo un grupo de 3 mil propietarios que tienen 40 millones de hectáreas. La concentración del capital accionario, el país tiene 2 millones de accionistas, pero solo 2.000 de ellos tienen el 82 por ciento de las acciones. La brecha en la educación: la escolaridad no es la misma en los ricos que en los pobres. Y la política tributaria, que en Colombia no es progresiva y está erosionada por exenciones, y en eso el gobierno anterior fue un campeón.

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¿Por dónde comenzar a solucionar este problema?

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Por una real reforma tributaria, progresiva en el impuesto de renta, sin exenciones. Por una reforma agraria, que podría comenzar con la aprobación de la Ley de Víctimas. Y con mucha voluntad política.

viernes, 4 de noviembre de 2011

En la reciente visita de Negri y Hardt, presentando el libro Commonweralth fueron activos en la discusión de la coyuntura europea y global. Aquí está una segunda intervención divulgada por la Universidad Nómada. N d la R.

Intervenciones finales de Michael Hardt y Antonio Negri



Michael Hardt:

Cuando se va a una conferencia, raramente se aprende
algo. Esta vez ha sido distinto. Hay dos cosas que querría comentar. En
primer lugar, que en buena parte de las intervenciones se veía una
notable preocupación por el fracaso o el éxito de las manifestaciones.
Podría decirse que ha habido éxito, en relación con el proceso de
politización de las personas, lo que me parece esencial. Es difícil, no
sé si es útil y, en todo caso, aún es pronto para hablar de éxitos o
fracasos.

Otra cosa que quería destacar es el deseo de probar nuevas formas de
institución, la relación, digamos, con una nueva democracia, el deseo de
no institucionalizarse de forma burocrática, tradicional. Tengo que
reflexionar más, pero todo esto ha sido muy rico, muy interesante.


Toni Negri:
Permitidme que repita cosas que ya dijimos. Y gracias a
todos. Michael y yo estamos trabajando, hace ya algunos años, en un
proyecto de constitución, para ahora, para ya. Lo que me impresiona es
la coincidencia de puntos. Me gustaría mucho que se hiciese un resumen
de lo que se ha dicho aquí, para que podamos relacionarlo con un esquema
teórico, que no se superpone, sino que compone lo que se ha dicho aquí.
La teoría no determina la práctica, pero hay muchas relaciones, como
bien saben los muchos spinozistas que hay aquí [risas].

La historia de las constituciones parece siempre muy abstracta, pero es
muy concreta. Una compañera recordó aquí que ya la Magna Carta, que
regulaba los derechos y libertades, estaba asociada con otra
constitución, relativa al uso de los bosques. Esto se está
redescubriendo hoy: se buscan nuevos derechos, esa apertura que estáis
experimentando, algo verdaderamente nuevo, en tanto que hoy vivimos la
apertura de las plazas. El redescubrimiento de estar juntos se conecta
con algo nuevo. Son cosas completamente nuevas.

Alguien habló de Cochabamba, de las comunas ¿Qué es el común? Algo que
no es privado ni es público ¿Cómo se constituye el común? ¿Cómo se
institucionaliza? ¿Cómo se convierte en algo de todos, de manera
continua, permanente, sistemática? Creo que estas preguntas ya están en
vuestros discursos.

Hoy se trata de imaginar un contrapoder, lo que no significa oponerse a
un poder de manera simétrica. Significa imponer la asimetría a la
confrontación, una asimetría que tiene que ser impuesta a lo privado,
con los derechos del común, de un común construido contra lo privado, es
decir, contra la explotación, el endeudamiento, la alienación, la
mediatización, el encarcelamiento, el empobrecimiento, el
desclasamiento, y todo lo que hoy esta sociedad produce.

Tuve la suerte de estar en Sevilla durante la “acampada” del 15 de mayo.
Lo que más impresionaba era la medida en que el movimiento 15M fue capaz
de llenar un vacío político, lo que sucedió casi de forma milagrosa. Ese
vacío político existe hoy en todas las constituciones occidentales.

Desde ese punto de vista, tiene razón el compañero colombiano, que dice
que debéis entender que lo que estamos haciendo tiene vinculación con lo
que ya se viene haciendo durante los últimos veinte años en América
Latina, lo que, no obstante, no resolvió todos los problemas. Pero no
hay duda de que lo que hoy vemos en el mundo tiene correspondencia con
la experiencia argentina, boliviana, y con la gran experiencia
brasileña, de transformación del movimiento obrero, por parte de Lula y
con el gran apoyo del gobierno; son, todas ellas, grandísimas
experiencias de nuevas gestiones del común, y de transformación radical
de las constituciones, sobre todo –evidentemente- de las constituciones
coloniales. Y también vivimos un proceso de transformación de las
constituciones democráticas. De las constituciones que nos enseñaron en
el siglo XVIII. Se acabó ese periodo de dominio de la burguesía, y
también de la propiedad privada. Se acabó. Lo que os digo es: avanzad en
la construcción del común.

Fue bellísima la intervención de la compañera de Barcelona; creo que
hablaba de esa especia de “nuevo clima” que no tiene forma, que no se
encuentra rápidamente, que se va construyendo en la conciencia, en esa
directa e inmediata transformación del lenguaje, inmediata
transformación de la pasión, un estar juntos que no es un estar juntos
amoroso o erótico, sino que es algo profundamente, amorosamente,
constructivo, algo que llamamos “creacionista”, es algo innovador,
profundamente materialista.

Otra relación que me parece interesantísima, y que también se vio en las
discusiones, es la relación entre lo pequeño y lo grande.

La reconquista, por ejemplo, de puntos de anclaje en la ciudad, en las
plazas, en los pueblos. Es extremadamente importante, porque son
momentos centrales de adhesión, pero que se expresan como una
representación que ya no es una representación del poder que captura. En
la bellísima definición de Carl Schmitt –gran fascista, pero realista-
se dice que “la representación es la ausencia”. Es la representación
burguesa: la presencia de la ausencia.

¿Cómo se transforma una ausencia en una presencia? Esta cuestión es
fundamental: la reapropiación de la representación ¿Cómo nos
reapropiamos de la ausencia?

En Italia, en los años ‘60 y ‘70, nos reapropiamos de todo lo que nos
podíamos reapropiar con las manos ¿Cómo nos reapropiamos con la cabeza,
con el cerebro, con la voluntad, con la inteligencia? Esto es
fundamental ¿Cómo nos reapropiamos de esa representación por ausencia,
que, de hecho, está ocupada por la propiedad privada, por el mando
dictatorial, por un mando completamente externo, disciplinario, de
control, que viene de afuera? ¿Cómo se reinventa la autonomía? Porque la
autonomía no está dada. Tenemos que construirla. Siempre hay tensión
entre la autonomía y el común. Siempre es un par: por una parte, la
autonomía; por otra, el común. Y no se confunden: se construyen
mutuamente. El pequeño común, que debe tener una presencia, y, por otra
parte, el welfare, que tenemos que construir por completo.

La gran diferencia entre lo que se aprecia aquí y lo que se aprecia en
Italia es que en Italia todavía sobreviven los grupos. El movimiento aún
no dio el salto hacia un orden sin liderazgos, no estructurado, con un
programa que nazca de forma autónoma; en Italia aún son burocráticos. No
conozco vuestra situación, pero no soy optimista.

No entiendo esa idea de que, con la victoria de la derecha, el movimiento pasará a ser,
di se y per se, más fuerte. No lo creo, porque me parece que el enfrentamiento
daña, y hay muchas pruebas de ello, no sólo en Italia, de extremismos
que no son beneficiosos; sobre todo, no son beneficiosos para nosotros.
El enfrentamiento de fuerzas no conducirá a un cambio pacífico. Es algo
que debemos evitar, si fuese posible. Muchas gracias.


(Traducción de las intervenciones finales de Hardt y Negri de José Ángel
Brandariz)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

“El 15M es el gran momento de la reaparición de la democracia republicana”.

Invitados por la Universidad Nómada, Negri y Hardt estuvieron en Madrid para presentar su libro en común e informarse sobre el movimiento 15M.

Blanca Beatriz y Lola Matamala / Madrid
Martes 1ro de noviembre de 2011. Número 160
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Foto: Olmo Calvo
ESPACIOS DE LO COMÚN. Negri y Hardt dialogaron con participantes del 15M en Madrid.

Toni Negri yMichael Hardt visitaron Madrid los días 6 y 7 de octubre para presentar su último libro, Commonwealth. Aprovecharon también para reunirse en el Centro Social Tabacalera con participantes del 15M y conocer a este movimiento.

DIAGONAL: En Commonwealth se refieren al concepto de gestión de lo común. ¿Cómo es posible llevarlo a la práctica?

MICHAEL HARDT: El agua es un buen ejemplo porque es un bien común, pero no se hace común de inmediato. Para hacerlo , hay que hacer algo. No es sólo construir una infraestructura física de distribución sino también un dispositivo político e intelectual para hacer de todos ese bien natural.

La Educación es otro ejemplo. Tenemos escuelas y universidades públicas que pertenecen al Estado y otras que son privadas. ¿Qué sería una educación común? Hay que inventarlo, crearlo. Hay proyectos para hacer común la educación, con autogestión, autoeducación. La Universidad Nómada es un ejemplo de un proyecto de autogestion de lo común que es la educación, el saber.

TONI NEGRI: Aunque también hay males comunes como la moneda. Es difícil imaginar un mundo en el que no existan medios de intercambio. Es sin duda algo que es común y puede ser apropiada: tiene dentro de sí los mecanismos mismos de apropiación. Pero son reapropiados o se ven reapropiados de manera fraudulenta por quienes emiten estos medios. De este modo se tornan métodos de endeudamiento para la construcción de la explotación. ¿Cómo reconquistar lo común en este terreno? Habría que reducir los procesos bancarios y financieros a una dimensión de puro control del intercambio, por ejemplo.

D.: Explican que las asambleas constituyentes deben servir para modificar las constituciones actuales por su falta de representatividad. En ese sentido, ¿siguen defendiendo la Constitución europea?

M.H.: La única parte positiva de la Constitución europea es que crea un espacio de lucha porque se definen las propuestas que hay que defender. Sirve para fijar el debate.

T.N.: Es difícil considerar como tal a la Constitución europea ya que es un acuerdo internacional que se verificó entre un cierto número de Estados europeos. Tiene la estructura de un acuerdo, no de una constitución, y en esamedida tiene todos los defectos de las constituciones sin tener ninguna de sus ventajas.

Ésta es una constitución fuertemente condicionada por las necesidades de acuerdos financieros para la construcción y cobertura de la banca europea, no tiene en cuenta la necesidades de la ciudadanía europea. Un ejemplo es la cuestión de la emigración, que se desarrolla sobre un acuerdo policial bastante reaccionario.

El único elemento positivo es el hecho de haber vuelto a dirigir la atención política hacia una nueva entidad, un nuevo espacio, que es adecuado, desde el punto de vista de los movimientos, a una reorganización plural en el ámbito global. Es probablemente el terreno en el que habrá que localizar en la próxima fase de este medir el desarrollo de las libertades en este mismo siglo. Es imposible pensarlo a nivel español, italiano, francés: será preciso pensarlo en el ámbito de la Unión Europea. Es importante porque vincula un espacio a una propuesta política, la cualifica diferencialmente y la determina, la hace concreta. Es evidente que los niveles nacionales, por lo menos en Europa, se han visto superados. Hay una cultura crítica europea que es un hecho común y que hay que asumir como tal.

D.: Sobre el Movimiento 15M ¿cuál creen que es el detonante para que haya surgido en estemomento?

T.N.: El 15M aparece en una fecha electoral determinada y tras una traición por parte de Zapatero. Él llegó al Gobierno a partir de un movimiento social que partió precisamente de ahí. Esa traición se la hace pagar el 15M. También creo que la historia de la República está detrás. Es el gran momento de la reaparición de la democracia republicana porque en España no ha habido una verdadera transición. De hecho, hay elementos republicanos dentro del 15M que son innegables. Por otro lado, en España la crisis ha sido particularmente fuerte. Es la crisis económica general y el no querer pagar sus deudas. En la construcción de lo común es cómo se les hace pagar.

En este movimiento el génesis es fácil de entender pero todavía no se ve hacia dónde se dirige y este es el problema político. En el encuentro en Tabacalera parecía que me hubiera caído en la marmita de Astérix. Me impresionó esta asimetría entre la propuesta política y lo político como sistema político. La gente está aquí pero no quiere ir hacia esa forma de hacer las cosas. Es un éxodo de la cultura política.

D.: Elogian la pérdida delmiedo que supone el 15M. ¿A qué miedo se refieren?

T.N.: Hay muchos tipos de miedo y se cualifica de diferentes maneras. Uno de ellos es cuando se pone el cuerpo. El terror estatal se apoya en la concepción del cuerpo. Pasando por él, la cabeza también puede ser condicionada a través de la tortura. Se ataca el cuerpo para hacerte cambiar el cerebro, para decir lo que quieren que declares, por eso el cuerpo es una parte fundamental. La traición filosófica de la vida consiste precisamente en declarar la existencia sólo a través del cerebro cuando se declara que se existe sólo si se piensa y no es cierto. Es la traición cartesiana a la vida, es la traición filosófica a la vida y en cambio, el cuerpo, se vuelve absolutamente fundamental. El dicho spinoziano es central: no sabéis lo que puede un cuerpo.

Otro gran miedo es superar el individualismo. Definirse como el entrelazamiento de singularidades. No somos esos seres pequeños con nuestro pensamiento, con nuestra pequeña alma. Somos algo que habla, que se expresa a través de la palabra y somos ésto. Este conjunto que luego se torna pintoresco con las tiendas en las acampadas: son el retrato de la potencia de la historia.

D.: Una última cuestión. ¿Los intelectuales tienen que ser observadores o participantes?

M.H.: y T.N.: ¡Participantes!

viernes, 28 de octubre de 2011

El devenir tardío pero ejemplar del castigo a las conductas criminales de la dictadura argentina no solo ilustra la banalidad del mal, de la que nos hablara premonitoriamente Hannah Arendt, a contra-corriente del sionismo que tuvo que lidiar con el caso Eichmann, y su enjuciamiento, sino la importancia de recobrar la memoria y hacer "justicia" a las víctimas, a su familia, y a la sociedad ofendida. Los Kirchnner, no hicieron mutis por el foro al clamor de las víctimas, y los militares han venido siendo por fin juzgados por crímenes de lesa humanidad.

En Colombia seguimos viviendo cualquier tipo de tretas para hurtarle el bulto a esas responsabilidades, y ocultar el rostro de determinadores de la bestialidad como es patente en casos como los de la guerrillera Irma Franco, o el magistrado auxiliar Carlos Urán, "ejecutado" con un tiro de gracia. N d la R.

Cadena perpetua para Alfredo Astiz, el 'ángel de la muerte' de la dictadura argentina.

Por sus crímenes durante la dictadura, Alfredo Astiz se ganó el mote del ´ángel de la muerte´.

EFEPor sus crímenes durante la dictadura, Alfredo Astiz se ganó el mote del ´ángel de la muerte´.

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ARGENTINAEs el responsable de innumerables secuestros de personas que permanecieron cautivas en la ESMA, cárcel clandestina de la dictadura, entre ellas las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo y las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet.

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Semana

Jueves 27 Octubre 2011

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La combinación de su ferocidad con los indefensos y su cara aniñada hicieron que el exmarino Alfredo Astiz, quien fue condenado este miércoles a prisión perpetua por crímenes cometidos durante la dictadura, se ganara el apodo del ‘ángel de la muerte’.
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Sus acciones son el máximo símbolo del terrorismo de Estado que asoló a Argentina entre 1976 y 1983. Nació en la ciudad bonaerense de Mar del Plata el 8 de noviembre de 1951 y tras el golpe de Estado de 1976 fue asignado a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en la zona norte de Buenos Aires y donde funcionó la principal cárcel clandestina del régimen de facto.
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Como capitán de fragata perteneció al Grupo de Tareas 332 (GT 332), responsable de innumerables secuestros de personas que permanecieron cautivas en la ESMA, por la que los organismos humanitarios calculan que pasaron unos 5.000 detenidos, de los cuales solo sobrevivieron cerca de 100.
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Las Madres de Plaza de Mayo fueron algunas de las primeras víctimas de su accionar delictivo, cuando el 10 de diciembre de 1977 Astiz "marcó" con un beso en la puerta de una iglesia a quienes unas horas después serían secuestradas por su grupo: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce, las fundadoras de esa organización.
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La misma suerte corrieron las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, quienes permanecieron cautivas en la ESMA hasta que fueron arrojadas al mar desde un avión militar en uno de los tristemente célebres "vuelos de la muerte".
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Tiempo después el marino asesinó por error a la adolescente sueca Dagmar Hagelin al confundirla con una guerrillera.
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En 1982, durante la guerra por la soberanía de las Malvinas, Astiz integró un grupo de comandos al que se le asignó la defensa del archipiélago de las Georgias del Sur y fue tomado como prisionero por las fuerzas británicas sin ofrecer resistencia alguna.
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En 1986 y 1987 fue uno de los cientos de represores beneficiados por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y en 1990 la Justicia francesa lo condenó en ausencia a prisión perpetua por los crímenes de las religiosas Domon y Duquet.
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Siete años después, el juez español Baltasar Garzón solicitó su captura y extradición junto a las de otros 44 militares argentinos acusados de genocidio, y en 1998 fue expulsado de la Marina, institución a la que, decía, estaba "orgulloso" de pertenecer.
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Antes había protagonizado un escándalo mediático al ofrecer una entrevista a un semanario en la que confesó su admiración por el guerrillero Ernesto ‘Che’ Guevara y su miedo durante los tiroteos callejeros, además de jactarse, con gran soberbia, de que algunos exmilitares le habían buscado para que liderara un nuevo golpe de Estado.
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El año 2003 marcó el principio del fin para el antiguo marino, cuando el Parlamento anuló las denominadas "leyes del perdón" y se reactivaron cientos de causas por delitos de represión contra otros tantos militares y miembros de las fuerzas de seguridad, entre ellos Alfredo Astiz.
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La "megacausa ESMA" lo llevó a una cárcel militar a comienzos del 2004 y dos años después un tribunal ordenó la reapertura de la investigación por la desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin.
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Tras ser condenado a prisión perpetua en Italia, también en ausencia, Astiz fue trasladado en 2007 a una cárcel común, donde ha esperado el juicio por sus crímenes en la ESMA que esta semana llegó a su fin.
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EFE

miércoles, 19 de octubre de 2011

Esta es una contribución remitida por Luis Mejía desde New York, en un tiempo en que el New Deal se confronta con el proceso real de deterioro capitalista, y el levantamiento de los indignados en New York, Washington y otras ciudades que se une al coro de los que rechazan el caracter depredador del capitalismo global. N de la R.

What the New Deal Accomplished

651,000 miles of highway. 8,000 parks. The Triborough Bridge. Do conservatives who attack the New Deal actually know what America gained from it?



This excerpt, which is courtesy of the Free Press, comes from Michael Hiltzik’s new book, The New Deal: A Modern History.


During the years of the New Deal, America’s government built as it never had before—or has since.

The New Deal physically reshaped the country. To this day, Americans still rely on its works for transportation, electricity, flood control, housing, and community amenities. The output of one agency alone, the Works Progress Administration, represents a magnificent bequest to later generations. The WPA produced, among many other projects, 1,000 miles of new and rebuilt airport runways, 651,000 miles of highway, 124,000 bridges, 8,000 parks, and 18,000 playgrounds and athletic fields; some 84,000 miles of drainage pipes, 69,000 highway light standards, and 125,000 public buildings built, rebuilt, or expanded. Among the latter were 41,300 schools.

The transformative power of this effort is inestimable. The Tennessee Valley in 1933 was a quintessential backwoods region of “grim drudgery, and grind” in the words of its savior George Norris: beleaguered by floods, drained of its manpower by the siren call of the cities, the latent wealth of its river and lumber left fallow. The TVA of Norris and Franklin Roosevelt turned it into a land of plenty that called its workers home, put its natural endowments to productive use, and delivered to its residents the promise of a secure American middle-class lifestyle.

The Public Works Administration provided Harold Ickes with a larger construction budget than any American government official ever had received: $3.3 billion, more than 20 times the $150 million the government spent on public construction projects in 1929. Ickes was determined to make the most of it. The impression is accurate that he disbursed the money with the tightfistedness of a man spending from his own pocket; but there is no denying that he thereby ensured that it would create for the nation a greater patrimony.

PWA built or helped build monumental projects from sea to sea. In Washington State, Grand Coulee Dam put 8,000 men to work starting in 1933 and used materials and equipment from 46 of the 48 states. In Southern California, PWA helped repair or replace 536 school buildings damaged or destroyed by the great Long Beach earthquake of March 10, 1933. Most of them, rebuilt to the most exacting seismic standards of the time, are still in use at this writing. In Florida, the exemplary project was the Overseas Highway, 127 miles of causeways and bridges connecting the mainland and Key West, built on the remains of a railroad line destroyed by hurricane in 1935, and transforming the latter island from a dismal outback of dispossessed relief recipients to one of America’s premier tourist destinations. In New York was built the greatest project of them all—the Triborough Bridge tying together three of the city’s five boroughs, rescued from insolvency in 1933 by a PWA grant and loan totaling $44 million, and dedicated in 1936 with FDR in attendance despite his loathing for the project’s municipal overseer, Robert Moses, whom the president had repeatedly tried to remove from the project, without success. But he swallowed his enmity for Moses long enough to bask in the nationwide publicity marking Triborough’s completion.

The Triborough ceremony marked a coming of age for the New Deal’s approach to spending for physical infrastructure. At first Roosevelt and his aides had a murky understanding of how to balance the need to put people to work with the goal of efficient and lasting construction. Rexford Tugwell, a top Roosevelt adviser, had witnessed an especially telling exchange between the president and New York Mayor Fiorello LaGuardia about government funding for what would later be christened LaGuardia Airport. “They were happily agreeing that bulldozers and other powered machines should be banned,” he related. “There should be only hand tools so that more men would be employed.” Finally, Tugwell interjected that if they really wished to put the maximum number of men to work, why not confine them to hand trowels? The point was driven home that they might indeed employ more men, but they would never be able to finish one airport, much less build any others.

FDR came to understand the political luster of great public works. When possible, he dedicated them in person—even when, as in the case with the structure that would ultimately be known as Hoover Dam, credit for its construction belonged to his Republican predecessors. Skeptical early in his first term about their cost and utility, he soon became an enthusiast, demanding more plans and more works—more bridges, more dams, even a highway spanning the American continent from sea to shining sea.

A good portion of Franklin Roosevelt’s immortality rests upon the New Deal’s physical works; but even more rests upon its transformation of the nation’s social and economic structures.

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Here we must consider Americans’ relationship with what is, after all, their government. The New Dealers did not think about government in the limited terms of their predecessors, as an agency of national defense and little else. They did not perceive it as an antagonist of the common man, an enemy of liberty, or an entity interested in its own growth for growth’s sake. They understood that it was a powerful force and that its power could be exercised by inaction as well as action, to very different ends. The condition of the American people when the New Dealers assumed office demanded ameliorative action, and this they strived to deliver. They did not invariably achieve their goals, but in appraising their performance it is important to acknowledge that the crisis they addressed was uniquely cataclysmic in American history, and that suitable precedent for addressing it simply did not exist.

Federal deposit insurance, by eliminating bank runs even in times of economic crisis, cut the number of bank failures from the peak of 4,000 in 1933 to nine the next year. Bank failures would not exceed 75 in any one year until the savings-and-loan crisis of the 1980s, and for a three-decade stretch beginning in 1943 never exceeded single figures. The importance of this record for depositor confidence and the safety of the nation’s monetary stock is incalculable.

The reforms implemented under the Securities Exchange Act of 1934, which established the Securities and Exchange Commission, professionalized an industry burdened in the aftermath of 1929 with a reputation for insider transactions and sharp dealing. The transparency of financial reporting mandated by the act for public corporations and brokerages set the foundations for the explosive growth of the U.S. capital markets and corporate economy ever since.

The New Deal instilled in Americans an unshakable faith that their government stands ready to succor them in times of need. Put another way, the New Deal established the concept of economic security as a collective responsibility. As of this writing, Social Security, by any measure the outstanding domestic achievement of the Roosevelt administration, serves 54 million beneficiaries. Over the decades the program has kept many tens of millions of American workers and their families out of poverty. The promise of corporate pensions has largely disappeared from the employment contract and the investment markets have disappointed many workers’ expectations of comfortable retirements, but Social Security endures, providing retirees with benefits that grow with inflation and that cannot be outlived. Social Security began as an “awkward and insufficient” program, as Rexford Tugwell would observe; but it was expanded in succeeding decades, under Republican and Democratic presidents alike, in a continuing effort to uphold its original promise. Its 1960s addendum, Medicare, sprang organically from that promise.

The New Deal effectively ended in 1939, amid doubts about Roosevelt’s leadership and under the shadow of war, as a work in progress. To a great extent it is still unfinished.

Bank failures periodically surge because of outbreaks of imprudent management inadequately monitored by federal regulators, as occurred in the savings-and-loan crisis of the 1980s and the financial crisis of 2008. The business reforms of the ’30s have proven unequal to chicaneries of later ages, and periodically must be updated. The physical infrastructure bequeathed by the ‘30s has been allowed in many places to crumble from inattention. The public debate about the proper role of the federal government in Americans’ lives is never-ending, as perhaps it should be. Yet, because the New Deal’s principle of collective security has become so ingrained in the American system, efforts to roll back the programs founded under Franklin Roosevelt almost always seem invested with nostalgia and the scent of unreality. Catastrophe snuffed out the economic and governmental structures of the 1920s and the march of modernity buried them.

Buy Michael Hiltzik’s new book, The New Deal: A Modern History.

domingo, 2 de octubre de 2011

Our dear friend Aleta, from the Graduate School in NY, shares with us this news, and how things go with Hillary Clinton in this crucible that goes beyond Feminism and has to do with the future global order. N d la R.


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September-29-11

Hillary Clinton Calls for Ratification of CEDAW

Secretary of State Hillary Clinton, in a meeting with Catherine Ashton, the top diplomat for the European Union and Michelle Bachelet, executive director of UN Women and the former president of Chile, signed a document in support of the UN Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women (CEDAW). "We call upon all States to ratify and fulfill their obligations under the UN Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women (CEDAW) and to implement fully Security Council Resolution 1325 (2000) on Women and Peace and Security and other relevant UN resolutions," the women leaders wrote in their joint statement.

Melanne Verveer, ambassador-at-large for global women's issues at the State Department, told the Huffington Post, "I've testified that around the world, the number one question I'm asked is why hasn't the U.S. ratified CEDAW. We would be much stronger if we could be in the right place, but it's up to the Senate."

CEDAW was first signed by Jimmy Carter in 1980 and has been approved by the Senate Committee on Foreign Relations twice, but the United States has never ratified the treaty. The treaty has been ratified by 186 of the 193 member nations of the United Nations. The other six nations that have not signed the treaty are Iran, the Republic of the Sudan, and Syria, as well as the three small Pacific Island nations of Palau, Tonga and Nauru.

Media Resources: Huffington Post 9/20/11; Joint Declaration: On Advancing Women's Political Participation 9/19/11; Feminist Daily Newswire 11/17/11 <>