viernes, 16 de diciembre de 2011

Murió Christopher Hitchens, un intelectual polémico como el que más. Intentó tratar todos los temas, y en particular se mantuvo como un ateo confeso, enfrentado a todos los fundamentalismos. Tuvo tratos y compromisos con la izquierda y dificultades con entender la militancia islámica tomando casi siempre el lado de la defensa de Israel. Un modo de colocarse de lado del binomio anglo-estadounidense. N de la R.


Christopher Hitchens

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Christopher Hitchens, en la localidad galesa de Hay-on-Wye, Powys.- LEBRECHT (CORDON PRESS)

EL PAIS-MADRID

'Hitch 22', la escritura o la vida

Fallece a los 62 años el escritor, periodista y filósofo británico Christopher Hitchens, víctima de un cáncer de esófago

JUAN CRUZ –

EL PAIS-MADRID

Madrid - 16/12/2011

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A los 62 años, los grandes escritores del pasado hubieran vivido dos o tres vidas, pues algunos genios morían muy pronto dejando atrás una obra sólida o por lo menos duradera, contundente. Pero a esa edad, después de haber vivido muchísimas vidas, algunas de las cuales están en su libro de memorias (Hitch-22, Debate), ha muerto Christopher Hitchens, un gran narrador, periodista, filósofo, humanista, polemista que, desde la universidad, asustó a sus contrincantes...

· Memorias del gran bocazas

· El gran provocador

· Una hija del destino

· ¿Tú qué te has creído?

· Las obsesiones de un polemista

La noticia en otros webs

· webs en español

· en otros idiomas

Era un ejemplar humano que sirve de metáfora para leer en él, en su vida, en sus opiniones, en su literatura y en su vida, las ilusiones de la izquierda en el centro mismo del siglo XX y que sintió, también, las dentelladas de la desilusión de la gente que es de su tiempo, desde la que vivió la fantasía de vencer a Estados Unidos en la guerra de Vietnam hasta la que creyó que podía derrotar el capitalismo salvaje que preconizaba la primera ministra de su país, Margaret Thatcher...

Hitchens tuvo aquellas ideas y en ese libro expone, con un estilo rápido, lleno de un sentido del humor que él hubiera odiado que llamáramos británico, las razones por las que ahora su generación muestra la melancolía de haber sufrido las sucesivas derrotas que él narra en ese libro. Como si él y su tiempo hubiera vivido sobre un caballo loco que de pronto miró hacia atrás para advertir a los jinetes que el destino era nada.

En un momento determinado de su última obra, sus memorias, trae al libro una frase de Kierkegaard en la que el filósofo advierte que uno está condenado a vivir hacia delante y revisar hacia atrás. Hitchens, que siempre había vivido hacia delante, como periodista y como filósofo, revisó hacia atrás en sus memorias, y tuvo la virtud de contemplar ese pasado con media sonrisa que a veces se le helaba.

El texto en el que Hitchens explica su vida y por tanto establece su testamento, esa revisión de lo que pasó que le sugiere Kierkegaard, está repleto de la sabiduría que aprendió (en la escuela, en la universidad, en la vida) y que desaprendió en otra escuela, la del cinismo imprescindible para sentirse por encima de lo cotidiano en un universo en el que lo banal buscó el trayecto de lo importante y al fin lo ha suplantado.

Hitch 22 es un desfile de modelos y de antimodelos; la política como aprendizaje universitario y como experiencia de la vida (como activista, como periodista, como filósofo...), la dialéctica contra Dios y contra todo esto, los descubrimientos de las distintas fascinaciones que salieron al paso de su tiempo, Vietnam, Cuba, el periodismo... Y, por tanto, los desengaños que a él le hicieron preferir la vida a la literatura e incluso a la discusión sobre el sentido que tiene el texto en un mundo en el que un discurso termina siendo un mensaje de twitter.

De entre todas las historias que aparecen en este libro trepidante, que debe ser lectura obligada a quien quiera meterse en la conciencia de aquellos a los que les interese saber ahora qué le pasó al siglo, hay algunas que son estrictamente familiares, forman parte de la vida personal de Hitchens. Una de ellas, en esta especie de retorno a Brideshead que emprendió al final de su vida, es el relato que hace del momento en que conoce que su madre, que se había enamorado de un hombre fuera del matrimonio, decide suicidarse en el curso de un viaje de amor clandestino a Grecia.

La conmoción que sufrió, los trámites de reconocimiento y otras burocracias derivadas del hecho luctuoso le dan a este gran narrador la oportunidad de enfrentarse a unas páginas difíciles con un texto de una increíble potencia. El relato de la juventud en la universidad (los escarceos homosexuales, las relaciones con los maestros, las amistades peligrosas, el cinismo como forma de ser) es en este libro otra joya que merece ser visitada también para conocer el aliento que formó esta mente que ahora desaparece.

Pero este libro que distingue a Hitchens como escritor y como personaje y que narra su tiempo es mucho más que una colección de recuerdos. Lo que se siente leyéndolo es la importancia que tuvo para esa generación el aprendizaje, la escritura, la explicación del mundo desde la filosofía y desde la lectura. Es el retrato de parte de un siglo en el que todo ha cambiado quizá para que todo siga igual. Aquella frase de Kierkegaard enseña una paradoja, y se la enseña a Hitchens.

Estás condenado a vivir hacia delante, pero cuando miras hacia atrás tienes la impresión de haber hecho el trayecto en vano, pues al fin te encuentras con las mismas ruinas del principio. Esa sensación, que él cuenta con un humor que es sólo suyo, tiñe el libro de una saludable dosis de melancólica ironía de la que no se salva ni Dios.

jueves, 15 de diciembre de 2011

DIÁLOGO Y DEBATE SOBRE LA EDUCACIÓN SUPERIOR EN COLOMBIA

A LEER Y A ESCRIBIR CON PASIÓN Y DISFRUTE POR EL SABER ÚTIL

Por estos días, el colega Camilo Jiménez al servicio de la Javeriana renunció a dictar un curso en la carrera de Comunicación Social. Adujo como razón el haber fracasado en el intento de contribuir a que la mayoría de sus alumnos resultaran aptos de escribir uno, dos párrafos en castellano correctamente, para desempeñarse con solvencia en la edición de libros y publicaciones.

El vicerrector académico le pidió autorización para divulgar la carta de renuncia en público. A partir de lo indicado se abrió un debate, en el que los medios masivos han sido publicistas de primera línea de esta situación. Se han unido voces de diversas procedencias, hasta incluir estudiantes del curso del maestro renunciante.

En medio del barullo mediático conviene no perder de vista que Colombia tiene inmensas deficiencias en la enseñanza de matemáticas y lengua, que son componentes básicos en la formación escolar. Porque el país es deficitario en profesores competentes para la enseñanza de estas dos asignaturas en la gran mayoría de los colegios y escuelas. Bastaría con revisar las estadísticas del ministerio en esta materia.

No resuelto el problema de base éste se magnifica al ingreso en la educación superior, cuando los estudiantes obtienen tal privilegio. Por lo demás, la presentación de los exámenes del ICFES o de admisión específicos como los de la Nacional tienen en los colegios má eficientes a profesores e instructores que preparan para ganar esos exámenes, y nada más.

La reforma educativa que se discute hoy en las universidades tiene que confrontar estas realidades de modo integral, esto es, proyectarse hasta la enseñanza elemental, e involucrar a los respectivos sectores para producir un giro pedagógico y didáctico fundamental. Mientras esto ocurre no sería mala idea que estudiantes, profesores y padres de familia repasáramos el texto de una conferencia de Estanislao Zuleta titulada Acerca de la Lectura que reprodujo el círculo de crítica jurídica A. Gramsci, y que data de 1975, si mal no recordamos. N de la R.

Comentarios de Luis Mejía y links sobre la carta de renuncia del profesor Camilo Jiménez


La carta del profesor camilo jimenez en la que renuncia a su catedra de redaccion en la escuela de periodismo de la javerniana ha desatado una discusion muy interesante en la cual han participado hasta estudiantes universitarios o quienes se identifican como tales.

en el documento anexo he copiado los siguientes textos:

1. La carta de renuncia de jimenez

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/no-aguanto-que-sus-alumnos-no-puedan-redactar-un-parrafo-correctamente_10906583-4#contentstyle


2. Un comentario de Andrés Hoyos, líder del malpensante, una de las revistas virtuales más intelectuales del país, en el que aprovecha para criticar el sistema educativo porque los estudiantes salen de clase sin saber escribir:

http://www.elespectador.com/opinion/columna-316537-de-escrituras-y-renuncias


3. Un comentario de alejandro gaviria, economista, profesor universitario, consultor de entidades gubernamentales y no gubernamentales, comentarista de prensa que con frecuencia se sale inteligentemente de sus areas de especializacion academica, en el que hace lo que es tan tipico de el que es minimizar o ridiculizar a los comentaristas que se le adelanten en el analisis o la mencion de un problema importante; en este caso lo hace por medio del analisis psicologico del profesor fracasado:
http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-315878-profesores

4. Una carta abierta de Victoria Tobar, estudiante, al profesor Jiménez en la que rechaza las criticas de jimenez al deseo de aprendizaje de sus estudiantes mezclando impresionísticamente [como en una serie de impresiones sobre una cosa y otra] comentarios atinados y desatinados sobre el proceso educativo en general:

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/carta-a-camilo-jimenez_10913410-4


5. una columna peridistica de María Camila Rincón en la que se confiesa alumna de jimenez y en la cual, para darle la razon a jimenez, deja al lector sin saber cual es su posicion sobre el debate de si los estudiantes estan o no aprendiendo a redactar bien:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/confieso-que-fui-estudiante-de-camilo-jimenez_10913207-4


6. Una caricatura de Matador que describe los esfuerzos de un estudiante para adquirir los conocimientos que ya existen y redactar su opinion sobre el particular [nota: la caricatura fue publicada en el tiempo donde no hay enlaces para este tipo de trabajo]

7. Un articulo de Daniel Pardo criticando a Jiménez en un escrito impresionista [como el de Victoria Tobar] en el que, para darle la razón comete errores gramaticales y de lógica a los que me he referido en otro correo:

http://www.kienyke.com/2011/12/09/peticion-de-un-periodista-a-camilo-jimenez/


todo lo dicho en estos articulos parece apuntar [1] a que si existe una crisis en la manera como el sistema educativo enfoca el problema de enseñar a redactar en castellano de manera clara, lógica, inteligible; [2] a que existe una barrera muy grande de parte de algunos estudiantes universitarios para aceptar que necesitan aprender a redactar en castellano, y [3] a que algunos profesores de redacción no saben que existen métodos contemporáneos de enseñanza que facilitan el aprendizaje por parte de los estudiantes, o no los quieren usar o no saben como usarlos.

Detrás de toda la discusión desatada por el profesor Jiménez podemos destacar algunas preguntas claves sobre la educacion en este campo:

1. ¿Existe una técnica que le permita a una persona expresarse por escrito de manera clara, lógica, coherente, inteligible en diferentes ambientes sociales, frente a diferentes audiencias, con respecto a diferentes temas?
2. Si existe esa tecnica, ¿deberia esperarse que los periodistas profesionales y, en general, todos los profesionales la sepan manejar?
3. y si esa tecnica debiera ser conocida por todos los profesionales, deberia ensennarse en el colegio y la universidad?
4. ¿Debería entrenarse a un cuerpo de profesores para que la aprendan y la transmitan adecuadamente?
5. ¿Cómo nos aseguramos de que la han aprendido antes de que les expidamos un certificado de competencia como profesionales?

A estas preguntas el que más se acerca a una respuesta contundente [que no logica] es Daniel Pardo, quien nos dice que el profesional no necesita aprender esa técnica cuando de redactar resúmenes se trata, pues estos ya estan disponibles en internet. Digo que no es una respuesta lógica, pues alguien debe redactarlos para internet. Entonces la respuesta de Pardo no es válida para ese grupo de redactores.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Self-Determination of Peoples? Which Self?

By Immanuel Wallerstein

Commentary No. 297

One of the guiding mantras of the twentieth century was the self-determination of peoples, of nations. It was a piety to which everyone assented in theory. But in practice, it was a very thorny, very murky subject. The key difficulty is how to determine which was the self, the people, the nation that would be entitled to determine its own destiny.

There was never any accord on this subject. In the case of colonies, it was a relatively simple question. But in the case of a state already recognized as a sovereign state, opinion was very divided, usually violently divided. The issue is in the headlines at the moment because of the referendum in southern Sudan where the “people” are voting on whether they wish to remain part of the state called Sudan or to constitute a new state separate from Sudan.

In every state, without exception, there are people in state power who argue what we have come to call a “Jacobin” position. They assert that all the citizens of that state constitute a nation, one that has already determined its destiny.

We talk of nation-states as though the Jacobin principle were a reality rather than a political aspiration. Jacobins say that the state should be reinforced and strengthened by refusing to recognize the right, the legitimacy of any so-called intermediate group to stand between the state and the citizens. All rights to the individual; no rights to groups.

At the same time, in every state, again without exception, there are others – often called “minorities” – who contest this idea. They say that the Jacobin position hides the interest of some “dominant” group which maintains its privileges at the expense of all those who belong to groups other than the dominant group. The minorities (who often, but not always, comprise in fact the numerical majority of the population) argue that, unless the rights of groups are recognized, they are denied equal participation in the state.

What “rights” do these minorities feel are being denied to them? Sometimes it is linguistic rights, the right to conduct legal, educational, and media business in a language other than the “official” language. Sometimes, it is religious rights, the right to practice openly a religion other than an officially recognized religion, and to conduct their civil affairs under the religious laws that are part of their own religion. Sometimes it is land rights, the rights of groups that hold land under traditional rules that are different from the current rules enacted by the state.

There are two strategies to secure the rights of minority groups. One is to seek officially-recognized autonomy in various spheres of social and legal life. The second, if the group occupies a relatively compact geographical zone, is to seek secession, that is, to create a new state. For many groups, these are alternatives between which they might move. Having failed to achieve autonomy, they might seek secession. Or having had their aspirations to secession defeated politically and/or militarily, they might settle for autonomy.

The Kurds in Turkey as well as those in Iraq, having sought secession, seem now ready to settle for autonomy. So, it seems, will the francophones in Quebec. The people of the southern Sudan have moved in the other direction, as did the Kosovars in Serbia.

The crucial point is that this is not, ever, a question merely internal to a given state. To be a sovereign state, one must be recognized by other sovereign states as a legitimate entity. Today, the Turkish Republic of North Cyprus is recognized by only one other state. It cannot therefore join international organizations, even if de facto it continues to control its territory.

When Kosovo proclaimed its independence, it was recognized only by less than half of the members of the United Nations. We then have to ask why, and by which states? There were some states in Europe but also elsewhere (notably China and Russia) who feared the precedent. They said that, if the Kosovars could declare unilaterally independence, similar groups in their countries might take this as a precedent.

The United States and certain states in western Europe thought however that Kosovar independence from Serbia served their geopolitical interest and encouraged the Kosovars to proclaim their independence, which they immediately recognized, and to which they give material and political assistance.

When Biafra sought to secede from Nigeria several decades ago, almost all African states supported the efforts of the Nigerian government to suppress the rebellion militarily. The main argument for doing this is that secession of Biafra would set a terrible precedent in Africa where almost all state boundaries were constituted arbitrarily by former colonial powers and in fact traverse ethnic lines. The African states wanted to preserve existing boundaries, however “artificial” they seemed, as the only guarantee of collective order.

Now, it seems that the referendum in southern Sudan will produce an overwhelming vote for secession. And the African states that wouldn’t recognize Biafra, plus China that won’t recognize Kosovo, will almost certainly recognize the new state that is now being created. Indeed, even the state from which the secession is taking place seems to be ready to recognize the new state.

Why? The answer is simple. There are geopolitical reasons for doing this. China is interested in good future relations with the new state, which will be a big oil exporter. Interest in buying oil seems to be taking priority over worrying about a precedent for secessionist groups in China.

The Sudan seems ready to recognize the new state because the United States has promised specific changes in its own policies vis-a-vis Sudan if they permit the secession to proceed peacefully. The African states are overwhelmed by the de facto accord between the two sides in this controversy. And in addition, many of them sympathize with the groups in southern Sudan who are Nilotic peoples faced with a government dominated by Arab peoples.

In the twenty-first century, the Jacobin option is in retreat in most countries. The real question is autonomy versus secession for the so-called minorities. Is one better than the other? There is no general answer to that question. Each case is different in two ways. The actual demography and history of each state is different and therefore what is logically best and maximally just is different. In any case, any new state resulting from secession will immediately discover “minorities” within its boundaries. The debate never ends.

But there is a second consideration. Autonomy versus secession has geopolitical consequences. And these are crucial in terms of the ongoing struggles within the world-system as a whole. All parties pursue, rather cynically, their self-interest as states. How they act can be quite opposite from one situation to the other. This is because outside powers are primarily concerned with the geopolitical impact of the decision. But it is the role of these outside powers that is often decisive.

martes, 6 de diciembre de 2011

El diario la Jornada de Ciudad de México puso en circulación esta noticia tomada del NYT, que recuerda el modo como la DEA se enfrenta al narcotráfico en México, donde los efectos de esta lucha, no sólo contabilizan miles de víctimas, sino a la vez descubren el grado de corrupción política que afecta a las elites en ese país, cuando estamos cada vez más cerca de la elección presidencial, que anuncia el regreso del PRI, el partido que permitió e "ignoró" la industria y redes del narcotráfico. N de la R.

Agentes de la DEA blanquearon dinero para cárteles mexicanos: NYT

Periódico La Jornada
Domingo 4 de diciembre de 2011, p. 7

Agentes encubiertos de la Oficina de Combate a las Drogas (la DEA estadunidense) han blanqueado millones de dólares de los cárteles mexicanos como parte de la estrategia de Washington para ampliar su papel en la lucha del gobierno de México contra el narcotráfico, informó un reportaje del diario The New York Times firmado por Ginger Thompson.

Los agentes se han hecho cargo de cientos de miles de dólares de dinero ilegal que ha cruzado la frontera entre México y Estados Unidos, con el fin de identificar cómo las organizaciones criminales mueven el dinero, dónde lo ocultan y, sobre todo, quiénes son sus líderes. Los agentes de la DEA han depositado fondos obtenidos del narcotráfico en cuentas de presuntos capos de los cárteles, e incluso a cuentas abiertas por los mismos miembros de la agencia estadunidense.

Las fuentes del NYT afirman que han realizado este tipo de operación encubierta en otros países, pero que éstas comenzaron a llevarse a cabo en México en años recientes, pues existen dudas en cuanto a la capacidad de la DEA para atrapar a los jefes de los cárteles; así como reticencia en cuanto a cruzar la fina línea que separa vigilar a los cárteles y volverse cómplices de los mismos. También está el hecho de que las acciones estadunidenses ponen en tela de juicio la soberanía de México.

Michael S. Vigil, ex funcionario de alto rango de la DEA afirmó que operaciones encubiertas que involucran a agentes encubiertos que lavan dinero son rigurosamente monitoreadas con el fin de que haya un objetivo claro de estas misiones. Otro ex funcionario de la DEA señaló de manera anónima que “no queremos arriesgarnos a que la agencia acabe siendo el más grande blanqueador de dinero del mundo y que nuestras acciones se vean relacionadas con violencia y muertes”.

Otras fuentes señalaron que el lavado de dinero es más seguro, que el tráfico de armas o de estupefacientes, para llegar a los más altos mandos del crimen organizado.

Estas operaciones son supervisadas por el Departamento de Justicia estadunidense y organizadas de manera tal que no se violen las restricciones de soberanía nacional mexicana, según fuentes cercanas a la DEA que agregaron que en los últimos años, el presidente Felipe Calderón declaró la guerra contra los cárteles mexicanos y enlistó a Estados Unidos a participar en ella, cosa que antes estaba prohibido.

viernes, 2 de diciembre de 2011

DEBATE CON LOS MEDIOS Y LA ESQUIVA VERDAD

Luis Mejía, quien lee la prensa mundial, con ojo de colombiano crítico, hace un parangón doloroso y revelador, a raíz de lo que acontece con las chuzadas periodísticas hechas por la cadena del magnate australiano Rupert Murdoch, y el clan familiar que garantiza su reproducción. Aquí están consignadas las afirmaciones que ponen en claro las trapisondas de la industria noticiosa en el capitalismo global.

Todo lo cual nos recuerda los trabajos hechos por la Escuela Crítica del Frankfurt, y los trabajos de sus continuadores; y de modo particular, lo que en los años 60 y 70 realizó el equipo que orientaban intelectuales como el argentino Eliseo Verón, y el chileno Ariel Dorfman. Se requieren continuadores entre nosotros con urgencia, a poquísimos días de los actos convocados para el próximo 6 de diciembre. N d la R.

Amigos, los colombianos que SÍ leemos prensa extranjera hemos seguido con atencion la investigacion que adelanta el parlamento britanico sobre los chuzadas de teléfonos que practicaban los periodistas que trabajaban para la cadena de periodicos de Rupert Murdoch.

Ayer, 29 de noviembre, la comisión recibió un par de testimonios muy interesantes. se los resumo en el documento anexo. Como ustedes verán, un antiguo periodista de Murdoch confesó abiertamente y sin tapujos las prácticas ilegales y fraudulentas con que hacían las noticias y las justificó.

Leyendo eso me dije a mi mismo: gracias a dios los colombianos no somos como los británicos.

Imagínense ustedes que los colombianos fueran como los britanicos y que se pusieran a hablar de las chuzadas del das, de los falsos positivos, de la desaparicion de los ejidos de cartagena [había ejidos pero ya no hay porque les pasó lo mismo que a la custodia de Badillo], de la quiebra de la federacion nacional de cafeteros [que aparecio diez minutos en la prensa de la época y desapareció, pues los colombianos no somos como los demas mortales], de la quiebra de mineros del Chocó [a la que le paso tambien lo de la custodia de badillo], de las "negocïaciones" del Tlc y las bases militares de Ee.uu, de... mejor dejemos así y sigamos siendo colombianos, para mucho honor. que no nos parezcamos a esos sapos britanicos!!!!

Para que vean que no exagero a continuacion les hago el resumen de los testimonios ante la comision parlamentaria britanica; el mismo texto junto con los documentos de soporte se encuentran como anexo de este correo:

El periódico británico The Guardian hizo el trabajo investigativo que destapó el escándalo de los teléfonos chuzados por el personal del periódico News of the World de propiedad de la familia Murdoch que ha tenido en apuros legales a Rupert, el jefe de la familia, y que ha hecho que James, el hijo favorito de éste, renuncie a sus posiciones dentro de la compañía que controla el periódico. El escándalo ha puesto en apuros también a las autoridades inglesas que se han visto obligadas a investigarlo.

El parlamento británico ha creado una comisión investigadora de prácticas éticas en el periodismo nacional. Esta comisión ha citado testigos de todos los medios y ha ordenado la entrega de documentos de origen oficial y privado para ir al fondo del asunto hasta donde sea posible. En este momento no se sabe hasta donde será posible saber la verdad considerando la telaraña de favores, compromisos y chantajes que han tejido los Murdoch dentro de la elite política y de negocios del Reino Unido y de otros lugares.

En The Daily Beast, la versión de internet de la revista Newsweek, se encuentra un resumen de los testimonios que se rindieron en la comisión parlamentaria ayer 29 de noviembre [http://www.thedailybeast.com/articles/2011/11/29/guardian-journalist-gives-testimony-on-hacking-scandal.html].

Estos son los puntos principales según dicha publicación:

1. Nick Davies, quien hizo el trabajo de reportería investigativa para The Guardian, dijo que habló con un grupo numeroso –de 15 a 23- periodistas de News of the World sobre las chuzadas y que todos ellos le exigieron de manera perentoria mantener anónima su identidad pues tenían el temor de perder mucho más que tus puestos. “Este temor era real”, dijo Davies.

2. Richard Peppiatt, periodista de The Daily Start, un tabloide muy popular de derecha, confesó que para reflejar la posición ideológica del periódico había inventado artículos enteros. Dijo: “El trabajo de uno no es sino escribir la historia que ellos quieren ver escrita”.

3. Paul McCullan, quien fue periodista en la nómina de News of the World dijo que sus jefes habían estado muy bien enterados de las chuzadas y que los editores del periódico que habían negado cualquier conocimiento de ellas estaban “tratando de dejarlo a él y sus colegas solos”.

Los reporteros de The Guardian destacados para cubrir la audiencia de ayer en la comisión parlamentaria investigadora hicieron una transmisión directa del testimonio completo de Paul McCullan de la sala de audiencias a la redacción del periódico y este lo transcribió en su página web [http://www.guardian.co.uk/media/blog/2011/nov/29/leveson-inquiry-nick-davies-paul-mcmullan-live?CMP=NECNETTXT8187]. Estos son los puntos principales del testimonio de McCullan, quien fue reportero de los Murdoch, como se ha dicho:

  1. McCullan dijo que todo lo que hicieron los reporteros para conseguir información de manera ilegal o fraudulenta fue para darle gusto a los editores del periódico pero que estos eran la escoria del periodismo ahora que querían dejarlos solos con las consecuencias.

  1. “A la pregunta de si los editores del periódico sabían que se estaban haciendo intercepciones de mensajes telefónicos McCullan responde “Sí”’.

  1. Según McCullan al jefe de asuntos legales del News of the World le gustaba oir las grabaciones de las chuzadas o leer las transcripciones porque su trabajo era decirle a quien tuviera intenciones de demandar al periódico “aquí está el video” o “aquí está la grabación”.

  1. McCullan dijo que, en su opinión, chuzar teléfonos es perfectamente aceptable: “Yo he hecho muchos sacrificios para escribir artículos con información verdadera para el periódico de mayor circulación y por eso creo que chuzar teléfonos para tratar de saber la verdad es una herramienta perfectamente aceptable”.

  1. McCullan dijo que desde el periódico se chuzaban teléfonos pero que eso no era siempre necesario, A veces, en su opinión, es necesario usar medios ilegales y fraudulentos para obtener una noticia. No es suficiente con llamar a alguien, decirle que uno trabaja para el periódico y pedirle que le cuente a uno todo lo que ha estado haciendo. Un reportero tiene que ser más avispado que un criminal, especialmente si quiere conseguir una noticia exclusiva.

  1. “En los 21 años en que estuve violando la privacidad de la gente nunca encontré a alguien que estuviera haciendo algo bueno. La privacidad es mala, permite que la gente saque lo peor de sí misma. La privacidad es para pedófilos; nadie más la necesita”.

  1. A McCullan no le importaba esculcar las canecas de basura en busca de una historia. “Estoy seguro de que las canecas de la basura son increíblemente más interesantes para la mayoría de los periodistas, incluyéndome a mí, que los teléfonos chuzados”.

  1. McCullan dijo que se sentía tranquilo con respecto a las oportunidades en que consiguió información por medios ilegales o fraudulentos. “Un investigador decente nunca deja un reguero de documentos. Yo soltaría la risa si la policía viniera a arrestarme. Yo sé lo que hice y sé lo que pude pagar pero no sería tan estúpido como para poner a alguien a hacer algo ilegal por mí y que luego me pase la cuenta”.

  1. En opinión de McCullan lo que define qué es de interés público es el volumen de circulación del periódico. Para él a nadie le corresponde decir qué es lo que el público tiene que leer. No es tarea de los periodistas obligar a la gente a escoger diciéndole lo que debe leer o lo que no debe leer. Si se consideran los cinco millones de copias que se vendían del periódico se puede decir que la mitad de la población adulta estaba leyendo lo que ellos escribían y eso los hacía los periodistas más influyentes del país.

  1. A la gente le gustaba el periódico y lo compraba aunque había veces en que el mismo McCullan no lo hubiera comprado a pesar de trabajar para él.

  1. Uno de los editores del periódico tenía como lema conseguir las historias más impactantes de la semana sin reparar en costo. McCullan prefería pagarle a la gente por una buena historia sobre un político o una figura deportiva. Y agregó: “Nunca estuve bajo presión financiera y por eso da gusto trabajar para Murdoch; nosotros teníamos plata, no como esa gente de The Guardian que nada tienen y a nadie pagan”.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El chileno Ariel Dorfman, crítico de la cultura y estudioso de los medios de comunicación masiva es un sobreviviente de la dictadura chilena. Se asoció con la Universidad de Duke, donde ha continuado sus reflexiones y también la escritura de novelas, y guiones de cine. Fue famoso en la década de los 70 por haber escrito el libro "Para leer el Pato Donald". Ahora, Luis Mejía, nos envía este escrito de su autoría publicado en la revista The Nation. N de la R.


Confessions of an Unrepentant Exile

Ariel Dorfman | November 9, 2011

I had last seen Salvador Allende alive one week before the coup, on September 4, 1973, when I joined a million marchers who poured into the streets of Santiago to celebrate the third anniversary of our electoral victory. That night it had taken our group seven fervid hours to reach the street below the balcony of La Moneda where Allende was saluting the multitude. Our hoarse voices might have roared that we would overcome, Venceremos, venceremos, but what we were really doing that night was bidding farewell to our president.

A week later he was dead, his body secretly dumped in a grave by the sea, the first of the Desaparecidos Pinochet would hide away.

On a bright December day in 2006, I stood on that balcony where I had last seen Allende. The making of a documentary gave me access to that iconic space, the chance to stare out onto the empty Plaza de la Constitución, exactly from where our martyred president had saluted us. It was a poignant visitation of ghosts and memories; some solace drifted into me from that visit. All of Pinochet’s repression had not stopped me from standing where Allende had stood—or from believing in the justice of Allende’s cause, his dream of a better world.

But how to arrive at the society he envisioned—ah, that is another matter. The young man who had left Chile as an intrepid revolutionary, convinced that the end of capitalism was nigh and that any sacrifice was therefore justified on the road to socialism, was not the older man who stood on that balcony thirty-three years later. When did it change?

If I had to single out one day, it would be a glacial morning in the winter of 1982 when I was summarily expelled from the chancery of the People’s Republic of Poland in Washington. It had taken me many years to get to the point of walking through the gates of that embassy, to meet that ambassador under an ornate, bourgeois chandelier, to be able to tell that representative of Poland that, as a socialist and follower of Allende, I was ashamed and outraged at what his government was doing to the working class of his country in the name of Karl Marx.

It had been the repression of Solidarity a few months earlier, in December 1981, the martial law declared by General Jaruzelski, the carnage at the Gdansk shipyards, the outlawing of the free trade unions and the jailing of thousands, the spectacle of the party supposedly embodying the hopes and desires of the proletariat turning its guns on those very workers—those events had been the straw that broke Ariel’s ideological back.

* * *

My connection to communism had been, since the adolescent start of my political education, an ambiguous one, probably because I was torn between my mother and my father and their conflicting visions of social change. Like so many of his generation forged in the fight against fascism in the midst of the Great Depression, my dad had enthusiastically joined the communist movement. Although he’d broken with the sclerotic Argentine party by the time of my birth in 1942, he remained faithful to Marxismo-Leninismo, adhering to the Soviet Union and many Stalinist practices. For my father, those Bolshevik beliefs were the bedrock of his immigrant identity; to abandon them would, I surmise, have meant opening an abyss of introspection for which he was neither ideologically nor psychologically prepared.

Whereas my gentle mother, a staunch opponent of the death penalty and all other forms of brutality, had always been wary of communism’s shortcomings. With a vivacious sense of humor that did not sit well with the commissars, she had founded the SRCLCP, the Slightly Reformed Conservation Life Communist Party, of which she was the sole member.

For my part, raised in a Chile with so many impoverished people, a Latin America scarred by arrogant Yankee interventions, I gravitated to my father’s positions, though always held in check by my mother’s refusal to add one more victim to the century’s long list of atrocities. So Salvador Allende was the perfect combination of my two progenitors: an admirer of Cuba and a fervent Marxist, he insisted at the same time that we could build a more just social order without having to repress our adversaries.

The failure of our peaceful Chilean revolution did not turn me into an advocate of armed struggle. On the contrary, it launched, inside me as well as in the left in Chile and across the globe, a multifaceted dialogue about how to achieve socialism in our time and not end up slaughtered by those whose power we were contesting.

At the same time, there were two realities of our Chilean struggle that could not be ignored. First, the international fight against the dictatorship was spearheaded by the Soviet Union, which was pouring resources into the antifascist front we were trying to organize. And second, the Chilean Communist Party, because of its organizational skills, popularity and experience of having outlived ferocious persecution in previous decades, constituted the backbone of the resistance to Pinochet. So even as I drifted away from the more rigid dogmas of Marxism, I bit my tongue whenever the Soviets or the Communists were attacked.

A balancing act that often led to ungainly pratfalls.

The most discomfiting of these occurred in Germany in 1975. Our friend Freimut Duve, the editor of my essays in German, lodged my wife, Angélica, and me for two nights at his house in Hamburg and also arranged for us to visit Günter Grass’s cottage near the city.

The great author (and artist) showed us his latest etchings and then escorted us to the kitchen, where he was preparing a superb fish stew in our honor. I had devoured all his books, we were having the best of conversations and he seemed more than willing to sign on to our committee to help artists in the homeland—everything chummy until he told me that he’d recently been in the south of France at a conference of solidarity with the Czech resistance to the Soviet occupation, which the Chilean Socialists had refused to attend. “Don’t they realize, Ariel,” Günter said, “that the Prague Spring and the Chilean revolution have both been crushed by similar forces, one by the Soviet Empire, the other by the Americans?”

I could glimpse my German host Freimut trying to head me off, change the subject back to flounders and tin drums, but I wanted to treat Günter like a comrade: as a man of the left he’d understand that the Chilean Socialists couldn’t publicly side with the Czechs against the Soviets and our own Communist allies. Günter’s eyes narrowed and his bushy mustache bristled even more, if that were possible. What was my position on the Prague Spring?

I’d been in favor of that flowering of liberty and had condemned the Soviet invasion, as Allende had, to which our host replied that my current stance was then more shameful, because I was subjecting my freedom of opinion to petty party politics. Couldn’t I see that Dubcek and Allende were equivalent?

He abruptly turned and began to work at his drawing table, and it was clear that our meeting was over, not a drop of stew to be savored, no more to be said.

Except when we timorously rose to say goodbye. “When something is morally correct,” he said, “you must defend that position without concern for political or personal consequences.”

What I could not tell Grass, would perhaps not have wanted to admit to myself, was that it was not only out of political pragmatism that I had turned a blind eye to the many glaring excesses of rulers who claimed to be inspired by Marxism. Beyond the loyalty and admiration I felt toward my father, I was held back by all those Communists at whose side I had fought in Chile and the rest of Latin America.

The dead, the dead, we carry so many ghosts to whom we often swear more fealty than to the living. The many heroes of my youth, Marx in the British Library, the workers and soldiers storming the Winter Palace in St. Petersburg, the Vietnamese dying by the thousands to save their land, Ho, Ho, Ho Chi Minh, lucharemos hasta el fin. I had chanted that in the streets of Santiago next to Pito Enríquez, thin as a toothpick, and he had died, my Communist friend, in some aseptic hospital in Toronto, I could not tell him of my transformation and bring him along with me on this voyage away from the dogmas that he had believed in and that I had tolerated in the name of comradeship. And Enrique París, who had been tortured to death, castrated at La Moneda; and Fernando Ortiz, who had been picked up one overcast day in the Plaza Egaña and had never returned home. And the songs of the Spanish Civil War, El Ejército del Ebro, rumba la rumba la rum bam bam, the night when the Republican army had crossed the Ebro and defeated Franco’s mercenaries, ay Carmela, ay Carmela, I had heard that song in the womb, in that same womb had listened from near and far to the partisans’ Bella ciao in the hills of Tuscany as they fought Mussolini, and the battle of Stalingrad and Fidel entering Havana, ay Carmela, ay Carmela, and inside me were Neruda and Brecht and Nazim Hikmet and Che Guevara, all dead, so inflexible in their death and yet alive in the vast vocabulary of my Internationale heart, arriba los pobres del mundo, a part of the legacy I had inherited.

How could I simply throw out everything I had learned in my more ardent days just because of mistakes I told myself did not nullify the quest for equality that I was not willing to declare bankrupt? Above all I was held back by an acknowledgment of what our world would look like without the infinite struggle of so many ordinary men and women for racial equality and the rights of workers, by what a dreadful planet this would be if those militants had not opened a space for women to be free, if they had not stood by the side of the unfortunate colonies of our earth on the road to liberation.

So it took a persistent drip and drop and accumulation of betrayals and mass murders for me to wrest myself away from that confusing allegiance. The Cultural Revolution in China had not been enough, and the Prague Spring had not been enough, and the killing fields of Cambodia had not been enough, and the appalling Soviet invasion of Afghanistan had not been enough, but every one of those events had chipped away at my armor, until finally the workers of Poland—the wretched of the earth, no less—were being repressed for demanding the same freedoms being asked for by the people of Chile, and enough, basta, that was the tipping point.

Though exile as well as history had contributed to my transformation.

One morning in Paris—it must have been 1975—I knocked on the door of the apartment of Ugné Karvelis on the Rue de Savoie. Julio Cortázar, who lived with her, answered and told me they had a guest, just arrived from Prague, staying over for a few nights. Then Ugné slipped out of the living room and whispered to me that he was an author I would hear much about, a novelist destined for greatness.

It was Milan Kundera.

The saddest man I have ever seen.

That was no routine sadness etched deep into his face. It extended out from him like a wave of unmitigated grief, a loss as inconsolable as my own but without any of the hope that I kept forcing myself to feel.

He had fled from a regime that had become one of the cornerstones of the campaign against Pinochet, a regime I had refused to condemn publicly just a few months earlier at Günter Grass’s house. But the arguments I had used in my discussion with the German writer would have been useless, harsh, futile with Milan. The practicalities of “the enemy of my friend is my enemy” simply dissolved in the presence of a man persecuted by my allies, a real face, an anguish I could identify with.

Less than a year later, at the International PEN conference in The Hague, when we expelled the Chilean center, I was approached by a tall Russian man sporting stubble on his cheeks. He was glad that Chile had been banished and hoped something similar could happen to the Moscow branch of PEN, though he doubted that the unanimity engendered by my nation would hold when it came to the Russians. He shrugged, as if used to this labyrinth of politics, and then unspooled to me how he had spent years in a psychiatric ward. “They said I had to be off my rocker if I was against communism. No rational person could be against communism, no rational person could ever write the verses that I wrote.”

I had heard, of course, of the tactic being used by the Soviets against dissidents, of medicating and institutionalizing them. I had actually seen it as a positive sign, thinking that at least they weren’t sending them off to gulags in Siberia. Not quite excusing such a deplorable pseudo-psychiatric practice but somehow accommodating to it—as long as I did not have to sit next to the injured party.

* * *

As the years went by, I met many similar men and women. The Czech coach of a kids’ soccer team in Amsterdam, a Vietnamese tailor, and poets from East Germany and Cuba who wanted only to be free to recite whatever words leapt from their mouths. Something in me began to alter: it became more difficult to pigeonhole each exile according to his or her affiliation. I recognized their stories, the wistfulness they felt for the way tea was brewed back home, all those humiliations so parallel to mine. I did not need to identify with their political choices in order to absorb their pain.

My very slow opening to the victims of Communist experiments was accompanied by a parallel development: the progressive loosening of the bonds securing me to my own party.

My shift toward a more voluntary, less addictive relationship with the organized Resistance became possible, I guess, because literature had rescued me from the remorse of silence. A space began to open from which to establish a critique of my party and all parties. Irreplaceable as these organizations might be in a war against a ferocious enemy with an army of its own, did they have to swamp every aspect of life, force a choral answer to each and every problem? How to build a democratic society with parties that were self-perpetuating and prone to totalizing, as suffocating as the catacombs we were hiding in?

And here was a question I dared not ask: Wasn’t my own distancing a consequence of problems deep in the doctrine itself? I had deposited in a revolutionary party—true, of a new lefty variety—my liberty and conscience, and that Marxist philosophy, still a superb instrument with which to comprehend and critique capitalism, seemed to have increasingly foggy responses to the new dilemmas of our times. What role do indigenous peoples play in guiding us out of our current crisis? How to cope with the monster of industrialization—extolled traditionally by both the left and the right—without confronting the environmental degradation corroding our planet? And the challenges of feminism and the sexual revolution and homosexuality and the new technologies and religion, the world full of intractable mysteries, and the more questions I asked, the more I saw myself at the service of all forms of liberation, the more I understood my political work as occurring mainly in the uncertain territory of my writing and advocacy.

Even so, all the shifts in world history and all the emotional and intellectual alterations in my life would still have been insufficient to make me ring the bell of the Polish embassy that blustery day in Washington. One additional factor nudged me in the direction of moral independence. Oddly enough, this act of autonomy could only have happened, for me at least, in the United States, the center of the empire.

Because I was not alone that day. That visit had been organized by my friends Doug Ireland and Joanne Landy of the Campaign for Peace and Democracy, a group of American activists who opposed their government’s bellicosity abroad while at the same time offering support to dissidents in the Soviet bloc. Seven years after rejecting Günter Grass’s reasoning about the need to concurrently denounce repression originating in both the United States and the Communist countries, I had found a band of sisters and brothers who were impeccably dedicated to that very objective, who understood that one cannot be for freedom in Nicaragua and against it in Hungary, that one could not deplore the US support of Pinochet and applaud Jaruzelski’s mentors in Moscow.

It was the American left that helped me find the freedom to walk into that embassy, declare that there can be no socialism without democracy and feel the satisfaction of being ejected, to cease being a soldier of the revolution. So that day in the Polish embassy I said goodbye to the soldier but not to the revolution, I bid a long goodbye to party politics but not to the politics of liberation, I stated that I would henceforth answer to my own conscience.

Back home that night, I made a telephone call. Not to Günter Grass. Or to Milan Kundera. To my father in Buenos Aires. I told my father how that Polish comrade of his had banished me from that building.

There was a pause on the other end of the line.

“Ariel,” my dad said, and I couldn’t tell if he was smiling or frowning. “You know that I disagree with you. And I’m sure you also know how proud I am that you’re my son.” “I disagree with you too, Chebochy,” I said, using the endearing term that was his pet name. “And you know that I’m also proud of you.” And we left it at that.

Ay Carmela, ay Carmela.

Published on The Nation (http://www.thenation.com)



domingo, 27 de noviembre de 2011

Carta de los UWA a los hombres blancos
(Leída en el marco del Encuentro Nacional Ambiental de Guadas, este mensaje de los U'WA rebasa con creces el tema del conflicto por la tierra de las compañías petroleras. Mucho más allá, este
mensaje nos permite entender la cosmovisión de este grupo indígena por eso es tan importante).
Nosotros nacemos siendo hijos de la tierra... eso no lo podemos cambiar los indios ni tampoco el hombre blanco (riowa).
Más de mil veces y de mil formas distintas les hemos dicho que la tierra es nuestra madre, que no podemos ni queremos venderla, pero el hombre blanco parece no haber entendido, insiste en que cedamos, vendamos o maltratemos nuestra tierra, como si el indio también fuera hombre de muchas palabras.
Nosotros nos preguntamos: ¿acaso es costumbre del hombre blanco vender a su madre? ¡No lo sabemos!, pero lo que los U'WA sí sabemos, es que el hombre blanco usa la mentira como si sintiera gusto por ella, sabe engañar, mata a sus propias crías sin siquiera permitirle a sus ojos ver el sol, ni a su nariz oler la yerba, eso es algo execrable, incluso para un "salvaje".
La ley de nuestro pueblo se diferencia de la del blanco, porque la ley de riowa viene de los hombres y está escrita en el papel, mientras que la ley de nuestro pueblo fue Sira (Dios) quien la dictó y la escribió en el corazón de nuestros sabios Weryajas (chamanes). El respeto a lo vivo y a lo no vivo, a lo conocido y a lo "desconocido" hace parte de nuestra ley: nuestra misión en el mundo es narrarla, cantarla y cumplirla para sostener el equilibrio del universo. Nuestra ley u'wchita es uno de los postes que sostienen el mundo.
Nuestra ley es tan antigua como la misma tierra, nuestra cultura se ha organizado siguiendo el modelo de la creación, por eso nuestra ley es no tomar lo que no se necesita y es también la misma en todas partes porque es la ley de la tierra y la tierra es una sola. ¡Nuestra ley no la vamos a morir! .... Si existen leyes del hombre blanco que protejan a la madre tierra y sus guardianes los pueblos indígenas, ¡qué se cumplan!, si no se cumplen se considerarán no escritas.

Sabemos que el riowa le ha puesto precio a todo lo vivo y hasta a la misma piedra, comercia con su propia sangre y quiere que nosotros hagamos lo mismo en nuestro territorio sagrado ruiria, la sangre de la tierra a la que ellos llaman petróleo... todo esto es extraño a nuestras costumbres... todo ser vivo tiene sangre: todo árbol, todo vegetal, todo animal, la tierra también y esta sangre de la tierra (ruiria, petróleo) es la que nos da la fuerza a todos, a plantas animales y hombres.

Pero nosotros le preguntamos al riowa ¿cómo se le pone precio a la madre y cuánto es ese precio?. Lo preguntamos no para desprendernos de la nuestra, sino para entenderlo más a él, porque después de todo, si el oso es nuestro hermano, más lo es el hombre blanco. Preguntamos por esto porque creemos que él, por ser " civilizado", tal vez conozca una forma de ponerle precio a su madre y venderla sin caer en la vergüenza en que caería un primitivo, porque la tierra que pisamos no es sólo tierra, es polvo de nuestros antepasados; por eso caminamos descalzos para estar en contacto con ellos.
El riowa no ha querido entender que si nos desligamos de la madre tierra, el tiempo donde quiera que se encuentre se iría con ella (el espíritu de nuestros ancestros, nuestro presente, nuestro futuro). Todo ser vive hasta que cumple la función de tiempo que Sira le ha encomendado... ya no habría tiempo, ya no habría vida, dejaríamos de existir.
El bosque es el cordón umbilical que nos une a la existencia, hemos sobrevivido gracias a él y él ha sobrevivido gracias a su
respeto, Nuestra separación traería un vacío que tragaría todo menos al desierto.

El futuro del hombre blanco se enturbia con cada gota de aceite que él mismo vierte en la transparencia de nuestros ríos, su destino se hace más letal con cada gota de pesticida que deposita en ellos. Nuestros ríos no son solamente ríos; a través de ellos nos comunicamos con nuestras deidades, ellos son mensajeros y los mensajes fluyen en ambas direcciones. Si se ensucian o se mueren, ya no sabríamos que quieren los dioses, ni los dioses escucharían nuestros llamados ni nuestras gratitudes y entonces
provocaríamos su ira. ¡Los ríos en toda nuestra tierra ya están muy bravos con los riowa!.

Los jefes blancos les dicen a sus gentes que nuestro pueblo indio es salvaje, nos presentan como sus enemigos y como enemigos del riowa mayor al que ellos han llamado progreso y ante quien los otros riowa y todos los pueblos del mundo tenemos que arrodillarnos. Nosotros preguntamos ¿Qué es más importante, la máquina o el hombre que inventa la máquina?

Pero lo que sí sabemos, es que todo aquel que atente contra la madre atenta contra sus hijos, quien agrede a la madre tierra nos agrede a todos, a los que vivimos hoy y a los que luego vendrán.
Para el indio la tierra es madre, para el blanco es enemiga; para nosotros sus criaturas son nuestras hermanas, para ellos son sólo mercancía. El riowa siente placer con la muerte, deja en los campos y en sus ciudades tantos hombres tendidos como árboles talados en la selva. Nosotros nunca hemos cometido la insolencia de violar iglesias y templos del riowa, pero ellos sí han venido a profanar nuestras tierras. Entonces nos preguntamos, ¿quién es el salvaje?.
El hombre blanco le ha declarado la guerra a todo, menos a su pobreza interior. Le ha declarado la guerra al tiempo y hasta se la a declarado a sí mismo, como dijera otro hermano indio de un pueblo lejano: "el hombre blanco cabalga sobre el progreso hacia su propia destrucción". No contento con declararle la guerra a la vida, se ha declarado también a la muerte; no sabe que la vida y la muerte son dos extremidades de un mismo cuerpo, dos extremos de un mismo anillo... no hay muerte sin la vida, pero tampoco hay vida sin la muerte. Los U'WA hemos cuidado del mundo material y espiritual desde siempre, por eso entendemos esto.
El riowa ha enviado pájaros gigantes a la luna. A él le decimos que la ame y la cuide, que no puede ir por el universo haciéndole a cada astro lo que le hicieron árbol del bosque acá en la tierra, y a sus hijos les preguntamos ¿quién hizo el metal con que se construyó cada pluma que cubrió al gran pájaro? ¿quién hizo el combustible con que se alimentó? ¿quién hizo al mismo hombre que dirige y fabrica el pájaro? ... el riowa no debe engañar o mentir a sus hijos, debe enseñar que aún para construir un mundo artificial el hombre necesita de la madre tierra... por eso hay que amarla y cuidarla.
El riowa insistirá en que vendamos la tierra y nos dirá: ¿qué le importa la vergüenza a un salvaje que mantiene su cara escondida entre el espesor de la selva, las sombras de las montañas y el velo de la niebla? Entonces una vez más trataremos de hacerle entender que si eso sucediera, no solo la vergüenza embargaría al U'WA: el danta, el pajuil, la tijereta, el jaguar, la zorra, la zarigüeya, el maíz, la coca, el yopo, la nuezkara y todos nuestros hermanos animales y nuestras hermanas plantas, quienes siempre han servido de compañía y alimento a nuestro pueblo, morirían de kira (tristeza) pues en nuestra gran familia no se conoce lo que el riowa llama traición y la tierra lloraría tanto que del último pico del Rubracha (nevado del Cocuy) bajaría Abara, la deidad que custodia las aguas malignas.
Abara guiaría las lágrimas de la tierra y se uniría con Cuiya, el dueño y señor de la tierra; y de su cópula surgiría desde la oscuridad del mundo de abajo ¡Yara, ¡Yara es terremoto; culebra y dolor y entonces ¡Yara una gigantesca serpiente de lodo producto de la cópula de la deidad que custodia las aguas malignas y del señor de la tierra, se deslizaría por entre las montañas buscando los valles y a su paso se tragaría por igual a indios y blancos, a hierros y árboles, a malocas y a campamentos. Arrastraría por igual la pava del U'WA y el caballo del riowa. Para entonces ya la tristeza habría marchitado el espíritu del último U'WA que quedará sobre la tierra. Cuando eso suceda, el gobierno quedará solo para que pelee con el mundo de la oscuridad y de los temblores... ya no habrá quien cante para el equilibrio del mundo de arriba y del mundo de abajo que es el mismo equilibrio del universo.
El hombre sigue buscando ruiria (petróleo) y en cada explosión que recorre la selva oímos la monstruosa pisada de la muerte que nos persigue a través de las montañas. Este es nuestro testamento.
Al ritmo en que va el mundo habrá un día en que el hombre reemplace las montañas del cóndor por montañas de dinero. Para ese entonces, ese hombre ya no tendrá a quien comprarle nada; y si lo hubiera, ese hombre no tendría nada que venderle. Cuando ese día llegue ya será demasiado tarde para que el hombre medite sobre su locura...
Todas sus ofertas económicas sobre lo que es sagrado para nosotros, como la tierra o su sangre, son un insulto para nuestros oídos y un soborno para nuestras creencias. ¡Este mundo no lo creo el riowa ni ningún gobierno suyo, por eso hay que respetar!. El universo es de Sira y los U'WA solamente lo administramos, somos tan solo una cuerda del redondo tejido de la irokua (mochila), pero el tejedor es Él. Por eso los U'WA no podemos ceder, maltratar, ni vender la tierra ni su sangre, ni tampoco sus criaturas porque estos no son el principio del tejido. Pero el blanco se cree dueño, explota y esclaviza a su manera, eso no está bien: rompe equilibrio, rompe irokua. Si no podemos venderle lo que nos pertenece, no se adueñen entonces de lo que no se puede comprar...

Algunos jefes blancos han horrorizado ante su pueblo nuestra decisión de suicidio colectivo como último recurso para defender nuestra madre tierra. Una vez más nos presentan como salvajes. Pero ellos buscaban confundir buscan desacreditar. A todo su pueblo le decimos: el U'WA se suicida por la vida, el blanco se suicida por monedas. ¿Quién es el salvaje?. La humillación del blanco para con el indio no tiene límites; no sólo no nos permiten vivir, también no dice como debemos morir... no nos dejaron elegir sobre la vida... ahora elegimos entonces sobre nuestra muerte.
Durante más de cinco siglos hemos cedido ante el hombre blanco, ante su codicia y sus enfermedades, como la rivera cede ante el verano, como el día cede ante la noche. El riowa nos ha condenado a vivir como extraños en nuestra propia tierra, nos tiene acorralados en tierras escarpadas muy cerca de las peñas sagradas de donde nuestro cacique Guicanito y su tribu saltó para salvar el honor y la dignidad ante el feroz avance del español y del misionero.

Antes a la codicia y a la ignominia le daban el nombre de acciones evangelizadoras o civilizadoras, ahora le llaman progreso. El progreso, ese fantasma que nadie ve y que se ha dedicado a aterrorizar a la humanidad. Antes, el oscuro camino del saqueo, genocidios e injusticias contra nuestro pueblo era alumbrado con el cirial en nombre de Dios y su Majestad. Hoy es alumbrado con el petróleo en nombre del progreso y de la mayor de las majestades entre la mayoría de los no indígenas... el dinero.

Antes era el oro amarillo, ahora es negro; pero el color de la sangre que se paga por ellos sigue siendo roja, sigue siendo india. Los U'WA vamos a andar todos como siéntaros, por un mismo camino. Entre nosotros pueblo y autoridades sí somos una misma familia... ¡si ha llegado el momento de que nuestro pueblo parta de la tierra lo hará con dignidad!.
Lo único que nos une con nuestros hermanos blancos es venir del mismo padre (Sira) y de la misma madre (Raira) y ser amamantados por el mismo pezón (la tierra). Compartimos el mismo mundo físico: el sol, la luna, el viento, las estrellas, las montañas, los ríos. Compartimos el mismo mundo físico pero nuestro sentimiento hacia él es distinto. La tierra es una flor: el U'WA se acerca a ella para alimentarse con el mismo cuidado que el colibrí, mientras para el hombre blanco es la flor que el báquiro (cerdo montés) pisotea en su camino. El camino del riowa ha sido el dinero, es su medio, es su fin, es su idioma, él ha enfermado el corazón de nuestro hermano blanco y su enfermedad lo ha llevado a levantar fábricas igual que armas, a derramar venenos igual que sangre. Su enfermedad ha llegado al agua, al aire y a nuestras selvas.

Quizá una vez más el hombre blanco viole las leyes de Sira, las de la tierra y aún sus propias leyes. Pero lo que no podrá evadir jamás es la vergüenza que sus hijos sientan por los padres que marchitaron el planeta, robaron la tierra del indio y lo llevaron a su extinción; porque al final de la fría, dolorosa y triste noche, aciaga para la tierra y para el indio, la misma noche que parecía tan perenne como la yerba, el error del hombre será tal que ni sus propios hijos estarían dispuestos a seguir sus pasos y será gracias a ellos, a estos nuevos hijos de la tierra que empezará a vislumbrarse el ocaso del reino de la muerte y comenzará a florecer nuevamente la vida. Porque no hay veranos eternos, ni especie que pueda imponerse sobre la vida misma.
Siempre que el hombre actúe con mala intención, tarde o temprano tendrá que beber del veneno de su propia hiel, porque no se puede cortar el árbol sin que mueran también las hojas. En el paso de la vida nadie puede arrojar piedras sin romper la quietud y el equilibrio del agua; por eso cuando nuestros sitios sagrados sean invadidos con el olor del hombre blanco, ya estará cerca el fin, no sólo del U'WA sino también el del riowa. Cuando el haya exterminado la última tribu del planeta, antes de empezar a contar sus genocidios, le será más fácil empezar a contar sus últimos días.
Cuando estos tiempos se avecinen, los vientres de sus hijas no parirán fruto alguno, y en cada vez más vidas el espíritu de sus hijos no conocerá sosiego... cuando llegue el tiempo en que los indios se queden sin tierra, también los árboles se quedarán sin hojas. Entonces la humanidad se preguntará ¿por qué? ... y sólo muy pocos comprenderán que todo principio tiene su fin y todo fin su principio, porque en la vida no hay nada suelto, nada que no esté atado a las leyes de la existencia... la serpiente tendrá que morder su propia cola para así cerrar su ciclo de destrucción y muerte. Porque todo está entrelazado como el sendero enramado del mono.
Quizá los U'WA podamos seguir nuestro camino, entonces, así como las aves hacen sus largos viajes sin nada a cuestas, nosotros seguiremos el nuestro sin guardar el más pequeño rencor contra el riowa porque es nuestro hermano. Seguiremos cantando para sostener el equilibrio de la tierra no sólo para nosotros y nuestros hijos, también para él porque también la necesita. En el corazón de los U'WA hay preocupación por los hijos del hombre blanco tanto como por el de los nuestros, porque sabemos que cuando los últimos indios y las últimas selvas estén cayendo, el destino de sus hijos y el de los nuestros, será uno solo.

Si los U'WA podemos seguir nuestro camino no retendremos las aves que nacen y anidan en nuestro territorio. Ellas podrán visitar a su hermano blanco si así lo quieren. Tampoco retendremos el aire que nace en nuestras montañas, él podrá seguir tonificando la alegría de los niños blancos y nuestros ríos deberán partir de nuestras tierras tan limpios como llegaron, entonces la pureza de los ríos le hablará a los hombres de debajo de la tierra de nuestro perdón.

Cada vez que se extingue una especie el hombre se acerca su propia extinción, cada vez que se extingue un pueblo indígena no es tan solo una tribu que se extingue, es un miembro más de la
gran familia humana que ha partido para siempre en un viaje sin retorno. Cada especie extinta es una grave herida para la vida. El hombre reducirá la vida y entonces empezará la supervivencia... quizá antes la codicia se apiade de él y le permita ver la maravilla de un mundo y la grandeza de un universo que se extiende más allá del diámetro de una moneda.