domingo, 20 de junio de 2010

Una contribución tomada de la Jornada, México.


Álvaro Uribe me humilló por buscar la libertad de mi hijo: profe Moncayo

Ningún candidato presidencial estaba comprometido con la paz, asegura

Blanche Petrich

Enviada

Periódico La Jornada
Sábado 19 de junio de 2010, p. 17

Sandoná, Nariño, 18 de junio. El profeGustavo Moncayo, también conocido como padre coraje por la denodada batalla que dio para rescatar a su hijo Pablo Emilio, secuestrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) durante 12 años, ya no carga las cadenas que llevó en cuello y brazos hasta hace poco. El 31 de marzo el mismo Pablo se las quitó frente a las cámaras de los medios, apenas recobró su libertad.

Lejos de los centros de poder, donde con frecuencia fue vilipendiado hasta por el mismo presidente Álvaro Uribe, Moncayo opina: En las campañas que recién terminaron no hubo un solo candidato comprometido con la paz en Colombia. No creo que ni uno conociera de cerca el drama de los desplazados, que sintiera en carne propia el dolor de los familiares de los desaparecidos, de los masacrados, de los que fueron despedazados por los paramilitares para servirle de alimento a los cocodrilos.

Antes de que la guerra tocara a mi puerta, dice, era como la mayoría: creía que la violencia era un hecho aislado y veía por mi pellejo y mi familia... nada más. Sus clases en la preparatoria; las fiestas de su pueblo; misa los domingos.

Hoy creo que me convertí en un luchador nato. Mi hijo ya está libre, pero sigo insistiendo en la urgencia no sólo en acuerdos con las organizaciones armadas sino en soluciones que tienen que ver con los problemas de salud, educación, vivienda. Si eso estuviera resuelto no habría personas que se van de guerrilleros o paramilitares.

Lo alcanzamos en la azotea de su casa, donde acaba de cambiarle el agua a los dos loritos que Pablo Emilio llevó consigo como recuerdo de su vida en cautiverio. Desde ahí se domina la vista del pueblo, las torres de la iglesia, los cerros que la rodean cubiertos de cafetales y caña. A lo lejos se ve la cadena andina que colinda con el departamento de Putumayo. En el pico más alto, el Patascoy, estaba la estación de comunicaciones del ejército que fue asaltada por una columna de las FARC en 1997. De ahí se llevaron al joven cabo del ejército que no cumplía aún los 19 años y a 16 soldados más.

Un retorno dulce y amargo

El domingo que lo visitamos Moncayo acababa de colgar el teléfono luego de hablar con su hijo, internado en el hospital militar de Bogotá por afecciones gástricas. No se imagina lo que es poder oír su voz. Esperé 12 años, tres meses, nueve días, dice.

En la fachada de la casa todavía está el letrero de colores: Bienvenido. La sala, el comedor, todo parece un museo en honor al joven cabo que vino de la selva. El regreso fue una fiesta. Pero como ocurre en todas las historias similares, una fiesta dulce y amarga.

Es su mamá, María Estella Cabrera, también maestra, la que se explica con más claridad los problemas del retorno y la reinserción, después de un cautiverio traumático. A veces lo vemos hablar como el hombre de 32 años que es. Pero de pronto es como si el tiempo no hubiera pasado y vuelve a ser el casi adolescente que era cuando lo secuestraron.

Sus papás recuerdan lo primero que hizo cuando entró a su recámara, que su madre mantuvo intacta. Buscó los tenis y los jeans que había comprado para su cumpleaños 19 y se los puso: ropa de joven en el cuerpo de un hombre.

No tiene malicia. Es como si viniera de otro mundo. Debemos tener mucha paciencia con él. Mucha, dice la madre.

Sólo se quedó 15 días en casa. Después se reintegró al cuartel, pues le faltan solo seis años para jubilarse. Ingresó al ejército a estudiar ingeniería electrónica porque, explica el papá, para chicos sin recursos es la única forma de hacer una carrera. Ascendió a cabo segundo antes de cumplir 19 años, lo que le valió la calidad de canjeable para las FARC, junto con Libio Martínez, que sigue prisionero.

Morir cada día

Tener un hijo secuestrado es morir, es perder la libertad, uno también. Todos los días son de incertidumbre, las noches de insomnio, dice el profe Moncayo. Por ejemplo, cita cuando en 2007 el ejército decidió rescatar a un grupo de diputados prisioneros de las FARC en Valle del Cauca. Todos –excepto uno que pudo huir– murieron.

Me sentí morir. Ya habían pasado nueve años. Entonces decidí encadenarme en Bogotá. La reacción de la gente fue cruel. Yo era una burla, un leproso. Pero nada me importó, ni siquiera la humillación de estar encadenado tres años. Todos fueron sordos: Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Uribe.

En 2007 había ya transcurrido un año sin una sola prueba de vida, ni del gobierno ni de las FARC. Fue cuando decidí recorrer el país a pie. Dejé a mi mujer y a mis hijas, mis estudiantes, que para un maestro son la vida, y empecé a caminar un domingo de junio, con Yuri Tatiana, la mayor. Fueron cinco caminatas en todas las regiones. Terminaba con los pies destrozados. Logré el compromiso de 13 gobernadores de acordar un despeje para liberar a todos los secuestrados. Marché con la ilusión de llegar a Bogotá y que el gobierno me dijera: listo, profesor, vamos a hacer un intercambio humanitario. Nada. Por el contrario, fui humillado por el propio Uribe en la Plaza Bolívar. El mundo fue testigo.

A principios de 2009 vino el pronunciamiento de las FARC de que varios secuestrados, entre ellos Pablo Emilio, iban a ser liberados unilateralmente. “Once meses que fueron los peores de mi vida. El gobierno responde que no acepta la liberación unilateral, que va a lanzar un rescate militar. Me amparé en tribunales contra la decisión del presidente. Las cortes fallaron en mi contra.

Ya había antecedentes de liberaciones unilaterales. A la senadora Piedad Córdoba le habían dado facultades legales para intervenir pero con Pablo se lo niegan. En mi desesperación decidí ir a Bogotá a crucificarme. Después contendí como candidato al Senado, pensando que así me darían el derecho de la liberación unilateral. Perdí. Uribe me atacó, dijo que usaba el dolor de mi hijo para hacer campaña. Todo esto demoró 11 meses, ¡11 meses más!, nuestro calvario.

Luego vino la Operación Jaque del ejército que liberó a Ingrid Betancourt, a tres espías estadunidenses y una docena más. Bien por ellos, me alegré. Pero ¿los que no salieron? ¿Los que vieron retrasado su proceso de liberación, como el de mi hijo y 20 personas más, por dos años más? ¿A quien le importan sus sueños, sus ilusiones?.

Interlocución sin frutos

Entre las campañas que lanzaron contra Moncayo hubo una especialmente perniciosa. Los medios de distribuyeron profusamente una foto donde Moncayo aparece al lado del líder (ya fallecido) de las FARC Manuel Marulanda. El profenos enseña esa gráfica. “Fue durante los años de la zona de despeje en San Vicente del Caguán (desmilitarización de cinco municipios entre 1999 y 2002 ordenada por el ex presidente Andrés Pastrana para facilitar la mesa negociación, que a la postre fracasó). Yo me colé como reportero hasta estar cerca de Tirofijo. Mi intención era hablar con él por los secuestrados”.

Durante el tiempo del despeje las asociaciones de familiares de secuestrados por las FARC –de las cuales Gustavo Moncayo fue presidente– tuvieron varias reuniones con los máximos jefes guerrilleros. “Íbamos muchos, a veces hasta 150 familias. Hablé incluso con el comandante que tenía a Pablo Emilio, Joaquín Gómez. Como no accedían a concedernos su liberación conseguíamos otras cosas, videos, intercambio de correspondencia. Algunos pudieron visitar a sus hijos cautivos para constatar su estado de salud. Eso a mí no me tocó.

Pero en ese proceso conocí a muchas otras víctimas, de desplazados, familiares de desaparecidos, desempleados. Sin proponérmelo me vi inmerso en una problemática social mucho más grande. Hay muchos dramas que van tocando las fibras de mi ser. Ahora soy el resultado de todo eso. Por eso soy un convencido de buscar la salida del conflicto por medio de la negociación, no de la guerra.


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